BREVE REFLEXION (Tiempo de lectura: menos de 4 minutos)
Imagina la siguiente situación: estás trabajando en un proyecto importante con un colega. Por una confusión, tu jefe te atribuye a ti todo el crédito del éxito, incluyendo las brillantes ideas que, en realidad, aportó tu compañero. En lugar de corregir el error, decides guardar silencio. Después de todo necesitas ese ascenso y no dijiste ninguna mentira directa, solo omitiste la verdad.
Desde una perspectiva puramente material o empresarial, podrías sentir que simplemente «aprovechaste una oportunidad». Sin embargo, en los días siguientes, comienzas a notar una incomodidad persistente. Empiezas a evitar el contacto visual con tu colega, tu creatividad se estanca y la relación laboral se enfría. Sí, has obtenido un beneficio externo, pero internamente, algo se ha quebrado en ti, un ruido interior te comienza a molestar.
La Kabbalah, a través de los textos del Zóhar, el Arizal y el Ramak, ofrece una lectura sorprendentemente profunda y sanadora para este tipo de situaciones cotidianas. Al analizar las leyes bíblicas de la Parashá de esta semana, Vaikrá, en especial los últimos 6 versículos de esta porción, que hablan sobre el engaño, el fraude y la retención de lo ajeno, los místicos revelan que este tipo de acciones representan un mapa espiritual del daño y la pérdida de luz.
Lo primero que llama la atención es que La Torá no utiliza la expresión habitual «cuando la persona peca», sino que dice “Nefesh ki techetá” — «cuando el alma peca». El Zóhar explica que esta expresión está indicando que el daño de estas acciones provoca una fractura real en la propia alma, en el Nefesh. Pero, a diferencia de los pecados impulsivos o emocionales, provenientes del nivel Ruaj (que se encuentra en el nivel emocional de Zeir Anpin), el fraude, el engaño o la apropiación de los méritos ajenos son actos calculados e intelectuales, es decir, es un daño proveniente del nivel Neshamá.
Según el Arizal, el engaño «roba luz de Jojmá y Biná» (sabiduría y entendimiento), lo cual distorsiona nuestra propia conciencia y rompe la confianza, el tejido espiritual que conecta a las almas.
Para enmendar este error, no basta con sentir culpa o simplemente pedir disculpas. La restitución exige «devolver lo robado», lo que en términos kabbalísticos significa restaurar la energía tomada y devolver la luz a su canal original. El kabbalista Moshé Cordovero (el Ramak) enseña que robar interrumpe el flujo divino (shefa), y devolverlo es lo único que lo restablece.
Pero aquí es donde la Kabbalah introduce su hipótesis más fascinante: la Torá exige que no solo devuelvas lo que tomaste, sino que añadas una quinta parte (un 20% adicional).
אוֹ מִכֹּ֞ל אֲשֶׁר־יִשָּׁבַ֣ע עָלָיו֘ לַשֶּׁ֒קֶר֒ וְשִׁלַּ֤ם אֹתוֹ֙ בְּרֹאשׁ֔וֹ וַֽחֲמִֽשִׁתָ֖יו יֹסֵ֣ף עָלָ֑יו לַֽאֲשֶׁ֨ר ה֥וּא ל֛וֹ יִתְּנֶ֖נּוּ בְּי֥וֹם אַשְׁמָתֽוֹ
“o cualquier otra cosa respecto de la cual juró falsamente. Debe hacer restitución del capital, y su quinta parte añadirá sobre él. En el día [que busque expiación por] su crimen, debe darlo a su justo dueño.”
¿Por qué exactamente un quinto?
El secreto místico radica en la anatomía del espíritu humano. El alma está compuesta por cinco niveles: Nefesh, Ruaj, Neshamá, Jaiá y Yejidá. Cuando engañamos a alguien, el daño ocurre en el nivel más bajo, el Nefesh. Sin embargo, la curación no puede provenir del mismo nivel que está roto. La quinta parte adicional representa la Yejidá, la chispa divina y más elevada de nuestra alma, que es absolutamente incorruptible. Al añadir este quinto extra, estamos permitiendo que la luz de la Yejidá descienda para reparar lo que el Nefesh rompió.
La Kabbalah nos da tres razones hermosas para este «20% extra»:
- El excedente de luz: La luz perdida no vuelve igual; debe volver con aumento, simbolizando el crecimiento espiritual que nace de reconocer nuestro error.
- La invocación de la compasión: El número cinco corresponde a Kéter (la corona), el nivel más alto de la voluntad divina y la raíz de la compasión absoluta.
- El Jesed restaurador: Es la medida mínima para que nuestra reparación sea transformadora y real, no solo un acto simbólico para aliviar la conciencia.
El proceso culmina con un sacrificio (que representa entregar nuestra fuerza e impulso vital egocéntrico) para restaurar la armonía entre los cuatro mundos espirituales: la acción, la emoción, el pensamiento y la unidad. Solo entonces ocurre el perdón genuino, que no es un simple absolver de culpas, sino la reconexión de los canales de luz entre las personas involucradas.
No sólo eso, la gematría de las palabras “y su quinta parte añadirá sobre él” tiene un valor de 1036, misma gematría que la palabra lashón (lengua). Esta asombrosa equivalencia nos revela que la herramienta principal para entregar ese «20% extra» y reparar la fractura del alma es nuestra propia voz. Dado que el engaño y el fraude son pecados calculados e intelectuales que rompen la confianza y el tejido espiritual entre las personas, la verdadera sanación no puede ser silenciosa. Usar la lengua para hablar con la verdad, pedir un perdón sincero y vulnerable, o alabar públicamente a quien ofendimos, es el mecanismo para permitir que la luz del nivel más alto de nuestra alma (Yejidá) descienda y repare el daño. De este modo, la misma herramienta que a menudo usamos para ocultar, justificar o engañar, se consagra como el canal divino supremo para restaurar la armonía y reconectar los canales de luz entre las almas.

En conclusión, el error no tiene por qué ser una condena; más bien es una invitación a acceder a la parte más pura de tu ser (Yejidá) para traer más luz al mundo de la que había antes de la ofensa. Al final, el perdón no es solo alivio psicológico, es la profunda y hermosa tarea de volver a conectar nuestras almas.
Shabbat Shalom.
