RESUMEN DE LA PARASHA (Tiempo de lectura: menos de 1 minutos)
BREVE REFLEXION (Tiempo de lectura: menos de 4 minutos)
RESUMEN DE LA PARASHA
La Parashá Nitzavím (Devarím 29:9–30:20) es breve, pero de enorme fuerza espiritual y suele leerse justo antes de Rosh Hashaná.
Moshé reúne a todo el pueblo de Israel — hombres, mujeres, niños, ancianos, líderes y hasta los conversos y trabajadores — para renovar el pacto con el Eterno. La idea central es que todos, sin excepción, están incluidos en la alianza, incluso las futuras generaciones.
Luego advierte sobre las consecuencias de abandonar la Torá y seguir a otros dioses: vendrán maldiciones, desolación y exilio. Sin embargo, Moshé también anuncia un mensaje de esperanza: la promesa de la Teshuvá (el retrono). Aunque el pueblo sea dispersado entre las naciones, llegará el momento en que su corazón volverá a Dios, y entonces el Eterno los reunirá y los traerá de regreso a su tierra.
Moshé subraya que esta mitzvá —el retorno a Dios y la fidelidad a la Torá— no es algo lejano o imposible: “no está en el cielo ni más allá del mar”, sino que está muy cerca, en la boca y en el corazón, para que la persona pueda cumplirla.
La Parashá culmina con un llamado decisivo: elegir la vida. Dios pone delante de Israel la vida y la muerte, la bendición y la maldición, y los invita a elegir la vida amando a Dios, obedeciendo Su voz y apegándose a Él, porque en eso está la verdadera vida y la prolongación de los días en la tierra prometida a los patriarcas.
BREVE REFLEXION
Estamos por finalizar la Torá y esta semana se lee Nitzavím, la Parashá que contiene un puente secreto que une nuestras caídas con nuestro regreso, un puente que se dibuja en la Torá con una sola letra – la letra Lamed. En la palabra vayyashlichem (“y los exilió”), del capítulo 29 pasuk 27, dice:
וַיִּתְּשֵׁ֤ם יְהֹוָה֙ מֵעַ֣ל אַדְמָתָ֔ם בְּאַ֥ף וּבְחֵמָ֖ה וּבְקֶ֣צֶף גָּד֑וֹל וַיַּשְׁלכֵ֛ם אֶל־אֶ֥רֶץ אֲחֶ֖רֶת כַּיּ֥וֹם הַזֶּֽה
“Dios los expulsó de su tierra con ira, cólera y una gran furia, y los exilió a otra tierra, donde permanecen incluso hoy”.
Aquí cuando habla del exilio, la tradición masorética indica que la Lamed se debe escribir más grande de lo normal. Es como si la misma Torá, incluso en el momento del exilio, nos dejara un recordatorio visual de que siempre hay un camino de retorno, un trazo que se eleva por encima de las demás letras y que nos invita a mirar hacia lo alto.

Acá la enseñanza es que la dispersión nunca es absoluta, porque aun cuando todo parece derrumbado, la Lamed se alza como un mástil en el desierto, como un puente que espera que lo crucemos de vuelta hacia la luz.
Ese mismo signo se multiplica en el mes de Elul (אלול), tiempo de Teshuvá (de retorno), que contiene dos Lamed en su interior.

No es casual. La primera Lamed es nuestro movimiento hacia arriba: el esfuerzo humano de dejar atrás la costumbre, de revisar nuestras acciones, de decidir volver. La segunda es la respuesta divina que baja hacia nosotros, la misericordia que siempre desciende para encontrarnos a medio camino. Dos Lamed, dos antenas, dos direcciones que se tocan: el amor que sube desde nuestro corazón y el amor que baja desde la Fuente. Elul es ese momento en el que cielo y tierra se inclinan uno hacia el otro, como amantes que buscan abrazarse después de un largo silencio.
La vida cotidiana nos ofrece ejemplos de exilio todo el tiempo. Cuando estamos absortos en el trabajo y olvidamos a quienes más amamos, vivimos un pequeño exilio. Cuando nos dejamos arrastrar por la ira y decimos palabras que hieren o cuando nos rendimos a la depresión, tristeza o desesperanza, nos alejamos de la tierra prometida de nuestro propio corazón. Cuando sentimos que la rutina nos seca y que nada florece en nuestro interior, habitamos nuestro Monte Eival personal, seco y sin fruto. Pero incluso allí, en esos momentos áridos, la Lamed se yergue, recordándonos que el puente sigue abierto.
Así, la Teshuvá (retornar) es apagar por un instante el ruido y reconocer que me alejé, y que puedo dar un paso de vuelta. No importa cuán lejos haya llegado la dispersión, la Torá promete que si regresamos de corazón, el Eterno mismo recogerá nuestros fragmentos dispersos y nos traerá de vuelta. Es como en la vida diaria cuando alguien que amamos nos dice: “a pesar de lo que pasó, aquí estoy, vuelve”. La Teshuvá activa el puente de la Lamed grande de esta Parashá, lo cruza con nuestros pies temblorosos, y al otro lado siempre nos espera la misericordia.
En el último versículo de Nitzavim, ese secreto del amor se revela aún más. La primera palabra del pasuk es leahavá, “para amar”, pero separando la Lamed queda como ל אהבה, que podemos reinterpretarlo como “Lamed es Amor”, se trata de la Lamed misma convertida en amor. Esa Lamed es la de Elul, la del puente, la de la Teshuvá. Por eso, a través del prisma de la kabbalah, podemos observar que en ese último pasuk la letra Lamed aparece trece veces, que es el mismo valor numérico de la palabra ahavá – amor. Como si la Torá quisiera grabar en nuestras almas que todo este proceso, desde el exilio hasta el retorno, desde la sequedad hasta el florecimiento, no es otra cosa que la historia de un amor infinito: el amor del Creador que nunca nos suelta y que siempre nos espera.
Estamos en días en que el calendario nos invita a mirar hacia dentro, a prepararnos para Rosh Hashaná. Elul no es un mes de miedo, sino de ternura. Es el tiempo en que escuchamos al Amado decir: “Yo soy tuyo, y tú eres mío”. Y nosotros respondemos, a través de cada acto de Teshuvá, con pasos de regreso hacia ese abrazo.
Porque al final, lo que nos sostiene no es nuestra fuerza, sino Su amor. La Lamed que se eleva es el testimonio de que aun en la distancia, aun en los exilios cotidianos de la modernidad, siempre hay un puente para volver. Y al cruzarlo descubrimos que no caminábamos solos, ya que del otro lado, desde siempre, alguien nos ha estado esperando.
Shabbat Shalom.
