BREVE REFLEXION (Tiempo de lectura: menos de 2 minutos)
La Parashá Vayerá está llena de eventos e historias muy importantes y conocidas; la aparición de los 3 ángeles a Abraham, la destrucción de Sodoma y Gomorra, la transformación en estatua de sal de la esposa de Lot al voltear hacia atrás. Pero sin duda la historia final de esta porción es la que siempre nos detiene y nos llama a buscar sus más profundas enseñanzas. Me refiero a la historia donde Di-s le pide a Abraham sacrificar a su hijo Itzjak.
Es en esta historia en donde la Parashá nos enfrenta al misterio del amor que florece en medio del caos. Es aquí donde por primera vez, en toda la Torá, aparecen dos palabras poderosas y profundas, Hineni “Aquí estoy” y Ahavtá “Amar”, y esto no es casualidad, es causalidad.
La palabra Hineni, “Aquí estoy”, es una afirmación luminosa del alma que decide estar presente ante la Voluntad divina sin condiciones. Es la disposición absoluta de Abraham frente al Creador, no sólo en la dicha sino también en la prueba. Es el eco del alma que dice sí incluso cuando hay caos y contradicción.
Por otro lado, la palabra Ahavtá —“amar”—, la encontramos cuando Dios le dice a Abraham: “Toma a tu hijo, tu único, a quien amas” (Vayerá 22:2). Es una escena de paradojas: Dios decide revelar por primera vez esta palabra en la Torá en el momento más doloroso para una persona, en el momento que debe hacer lo imposible, sacrificar a su propio hijo, quien haría que se cumpliera la propia promesa de Di-s de hacerlo padre de naciones.
No solo eso, Itzjak, percibe también la contradicción. Camina junto a su padre hacia el monte y pregunta: “¿Dónde está el cordero para el sacrificio?”. Abraham responde: “Dios proveerá”. Itzjak no encuentra sentido, sin embargo, confía. Es el amor que se manifiesta no en la ausencia de la incertidumbre y el miedo, sino en la decisión de avanzar a pesar de ellos.
Pero Di-s decide revelar por primera vez la palabra “Amar” en Su Torá justo en esta historia llena de dolor, caos e incertidumbre con el fin de unir el puente que une Jesed (Abraham) y Gevurá (Itzjak) en el mundo, el puente que revelará Su unicidad en el mundo.
Lo anterior lo sabemos ya que la letra Álef, repetida trece veces en este versículo, resuena como un hilo invisible que une dos realidades opuestas: Jesed (la misericordia) y Guevurá (la severidad). Su repetición no es casualidad ya que el valor numérico de Álef es uno, y trece es la gematría tanto de Ahavá (amor) como de Ejad (unidad). Es decir, el amor y la unidad son en esencia una sola fuerza, y el corazón de Abraham, unido al de su hijo amado, laten al compás de esa verdad aún en medio de la contradiccón.
En nuestras vidas cotidianas, esa contradicción se disfraza de desafíos. El matrimonio que atraviesa momentos de silencio y distancia, el trabajo que desgasta, el hijo que no comprende, la enfermedad que agota, la carencia que duele. En cada uno de esos escenarios, el alma tiene la oportunidad de decir: Hineni. Aquí estoy. Presente en la dificultad. Presente en el dolor. Presente, porque amar en la contradicción es amar de verdad.
El Zóhar enseña que el amor de Abraham fue el despertar del amor cósmico que reconcilia los opuestos. La triada superior —Jesed, Guevurá y Tiféret—encendió la llama del amor que descendió al mundo, y cada uno de nosotros está llamado a mantener encendida esa llama.
Encontrar amor en medio del conflicto no es resignación, es redención. El puente representado por la Alef permite transmutar la energía de Guevurá en la dulzura de Jesed, y permitir que ambas se abracen luego en Tiféret, el corazón del Árbol de la Vida.

Hoy, nuestra tarea espiritual es esa: encontrar el amor en la contradicción. Porque en cada dificultad se esconde una oportunidad de expansión. En cada herida, una promesa de Luz. El alma madura cuando elige amar no porque sea fácil, sino porque ha comprendido que el amor es el único camino de regreso a la Unidad.
Que esta semana tengamos el mérito de despertar ese amor silencioso, el que no depende de lo que entendemos, sino de lo que somos. Que sepamos decir Hineni en cada acto, en cada palabra, en cada respiración. Porque sólo quien permanece de pie en medio de la contradicción puede revelar la verdad más alta: que todo, incluso el dolor, es la expresión del amor infinito del Creador.
Shabbat Shalom.
