REFELXIÓN DE LAS PARASHA HAAZINU (Tiempo de lectura: menos de 5 minutos)
Haazinu llega justo cuando Yom Kipur se aproxima y nos invita, antes que nada, a escuchar.
“Escuchen los cielos… y que la tierra oiga las palabras de mi boca”, proclama Moshé al comenzar su cántico.
Desde el Sod, los cielos y la tierra no son necesariamente sólo lugares físicos. También pueden representar a Biná y Maljut, dos dimensiones que deben volver a encontrarse dentro de nosotros. Son también las dos letras Hei del Nombre Divino: una arriba, en la fuente de la comprensión, y otra abajo, en el mundo de la manifestación.
Nuestra tarea espiritual consiste precisamente en acercarlas: permitir que aquello que comprendemos en lo alto pueda descender y hacerse visible en nuestra vida cotidiana.
Tal vez por eso el siguiente versículo habla de lluvia y de rocío. La Luz del Creador desciende constantemente, como un rocío que atraviesa los mundos hasta llegar a Maljut.
El problema nunca fue que la Luz haya desaparecido.
El problema es si hemos preparado un recipiente capaz de recibirla.
Y entonces la propia Torá parece entregarnos una señal extraordinaria.
En Haazinu 32:6, la letra Hei con la que comienza el versículo aparece escrita con un tamaño mayor que las demás.
הֲלַיהוָה תִּגְמְלוּ־זֹאת
Ha-LaAdonai tigmelu zot…
“¿Así retribuyen a YHVH…?”
La Hei aparece engrandecida precisamente dentro de una pregunta.
Y no es una pregunta acerca de cuánto hemos aprendido o cuánto hemos comprendido.
Es, en el fondo, una pregunta mucho más incómoda:
¿Qué hicimos con aquello que recibimos?
Pero esta no es la primera vez que la Torá modifica el tamaño de una Hei.
Casi al comienzo de Bereshit, cuando relata la creación de los cielos y de la tierra, encontramos:
אֵלֶּה תוֹלְדוֹת הַשָּׁמַיִם וְהָאָרֶץ בְּהִבָּרְאָם
Ele toldot hashamayim vehaáretz behibare’am…
“Estas son las generaciones de los cielos y de la tierra cuando fueron creados…”
En la palabra בְּהִבָּרְאָם — behibare’am, la letra Hei aparece pequeña.
Los Sabios descubrieron allí una lectura extraordinaria al hacer una separación de esta palabra:
בהבראם → בה׳ בראם
Be-He bera’am.
“Con la Hei los creó.”
Así, casi al comienzo del recorrido humano encontramos una Hei pequeña, y cuando Moshé se acerca al final de su enseñanza encontramos en Haazinu una Hei grande.
Tal vez entre esas dos letras se encuentre escondida una de las grandes enseñanzas de la Torá.
Recibimos una Hei pequeña y nuestra tarea consiste en devolverla engrandecida.
La pequeñez de aquella primera Hei no tendría por qué significar ausencia de Luz. Podríamos entenderla como potencial todavía no manifestado.
Una semilla es pequeña.
Un embrión es pequeño.
Una primera conciencia es pequeña.
La Creación nos entrega posibilidades, pero no nos entrega nuestra historia terminada.
Y entre aquella Hei pequeña de Bereshit y esta Hei grande de Haazinu se encuentra prácticamente toda la experiencia humana.
Allí están nuestras elecciones.
Nuestros aciertos y nuestros errores.
Las personas que amamos.
Las que herimos.
Aquello que recibimos.
Aquello que compartimos.
Las veces que caímos.
Y las veces que tuvimos la valentía de levantarnos.
Hay, además, un detalle maravilloso.
Las letras de בהבראם — behibare’am pueden reorganizarse formando:
אברהם — Abraham.
Y Abraham originalmente ni siquiera era Abraham.
Era:
אברם — Avram.
Hasta que el Creador agregó precisamente una:
ה
y Avram se convirtió en:
אברהם — Abraham.
La misma letra que aparece pequeña en el relato de la Creación es la que aparece incorporándose al nombre del hombre que la tradición cabalística relacionará con Jesed, la capacidad de dar, expandir y compartir.
Quizás aquí aparece otra pista.
La Hei no se engrandece acumulando conocimiento.
Se engrandece cuando aquello que hemos recibido se transforma en Jesed.
Cuando la comprensión se convierte en acción.
Cuando la abundancia se convierte en compartir.
Cuando el conocimiento se convierte en conciencia.
Cuando la espiritualidad deja de existir solamente en nuestra mente y comienza a manifestarse en nuestra forma de vivir.
Y entonces podemos regresar a Haazinu.
Moshé llama al cielo y a la tierra como testigos.
Quizás el cielo pueda testimoniar todo aquello que comprendimos.
Pero la tierra debe poder testimoniar lo que hicimos con ello.
Porque podemos comprender que debemos perdonar y no perdonar.
Podemos comprender que debemos agradecer y no agradecer.
Podemos saber que debemos cambiar y continuar repitiendo exactamente lo mismo.
Podemos amar profundamente a alguien y, sin embargo, no lograr que esa persona experimente nuestro amor.
Ésa es la distancia entre la Hei de arriba y la Hei de abajo.
Entre Biná y Maljut.
Entre aquello que comprendemos y aquello que finalmente somos capaces de manifestar.
Y quizá por eso la Hei aparece engrandecida precisamente en Haazinu, en una parashá que nos encuentra tan cerca de Yom Kipur.
Porque Teshuvá — תשובה puede separarse y ser leída también como:
תשוב ה — Tashuv Hei
“Que retorne la Hei.”
Pero quizás ahora podamos agregar una pregunta nueva:
¿En qué estado queremos que vuelva?
Porque el verdadero retorno espiritual no debería consistir simplemente en regresar exactamente al punto donde comenzamos.
Si después de haber vivido, amado, sufrido, aprendido, caído y hecho Teshuvá regresamos exactamente iguales, entonces quizás nunca recorrimos verdaderamente el camino.
Podríamos decir que recibimos una Hei pequeña y estamos llamados a recibir una Hei grande.
Entonces Teshuvá deja de ser solamente arrepentimiento.
Se convierte en transformación.
Y el movimiento espiritual deja de parecerse a un círculo.
Se parece mucho más a un espiral.
Regresamos.
Pero no regresamos al mismo lugar.
Volvemos al mismo eje desde una conciencia diferente.
La Hei vuelve, pero vuelve más grande.
Por eso Yom Kipur nos coloca frente a una pregunta que no se refiere solamente a nuestros errores.
Nos pregunta:
¿Qué hicimos durante este año con la Luz que recibimos?
¿Dónde compartimos?
¿Dónde herimos?
¿Dónde agradecimos?
¿Dónde dejamos de ver las bendiciones porque nos acostumbramos a ellas?
¿Dónde supimos lo que debíamos hacer, pero nuestra tierra no logró manifestar aquello que nuestro cielo ya comprendía?
Tal vez ésa sea una de las formas más profundas de hacer Teshuvá:
reducir la distancia entre la persona que sabemos que podemos ser y la persona que efectivamente somos.
Por eso Yom Kipur no debería ser solamente un día para recordar nuestros errores.
También puede ser el momento en que esa Hei pequeña que todavía existe en alguna dimensión de nuestra vida vuelva a hacerse grande.
Cuando recuperamos conciencia.
Cuando agradecemos.
Cuando perdonamos.
Cuando pedimos perdón.
Cuando transformamos comprensión en acción.
Cuando aquello que estaba solamente en Biná finalmente logra descender hasta Maljut.
Y quizás ahora podamos comprender también por qué Moshé eligió entregar una de sus últimas grandes enseñanzas en forma de cántico.
La Hei aparece pequeña en la Creación.
Atravesamos prácticamente toda la Torá.
Y cerca del final del camino reaparece engrandecida dentro de un Shirá, un canto.
Tal vez ése sea también nuestro recorrido.
Comenzamos como posibilidad.
Atravesamos nuestra historia.
Caemos.
Aprendemos.
Hacemos Teshuvá.
Engrandecemos nuestra Hei.
Y entonces el alma puede volver a cantar.
Que este Yom Kipur nos ayude a reconocer la Hei pequeña que todavía habita dentro de nosotros y nos entregue la fuerza para engrandecerla.
Que podamos acercar nuevamente nuestro cielo y nuestra tierra, nuestra Biná y nuestra Maljut, aquello que comprendemos y aquello que vivimos.
Que nuestra Teshuvá no sea simplemente un regreso hacia atrás, sino un movimiento en espiral que nos permita volver transformados.
Y que cuando llegue el momento de preguntarnos qué hicimos con la Luz que recibimos, podamos descubrir que aquella pequeña Hei que un día nos fue entregada como posibilidad se ha convertido, a través de nuestras elecciones, nuestro Jesed y nuestra conciencia, en una Hei grande capaz de manifestar más Luz en el mundo.
Shabbat Shalom.
