Dar a luz significa traer a la vida y por lo tanto es traer luz al mundo. Pero para traer esta luz se requiere de un proceso de preparación que por lo general se resume en las 40 semanas de gestación donde la mujer (y el hijo) se prepara para el nacimiento de esta nueva vida.
Ya en un artículo anterior explicamos cómo el número 40 está mencionado en muchas tradiciones y religiones en diferentes actos que reflejan un tiempo de preparación y conversión para un renacer espiritual (les recomiendo ese artículo llamado develando el significado de la Cuaresma). También en dicho artículo concluimos que no era coincidencia que justamente el periodo de gestación de un hijo fuera de 40 semanas, reflejando no sólo el renacer de una nueva vida sino que también el cambio y crecimiento espiritual que esto significa para la mujer al convertirse en madre.
Al convertirse en madre la mujer está potenciando al máximo su capacidad de dar incondicionalmente, de reducir su ego al máximo en post de sus hijos, en un estado constante de amor, compasión y generosidad, haciéndola vibrar con una frecuencia similar a la esencia divina del Creador, y por tanto significa un ascenso poderoso en su escala espiritual personal y realización como mujer.
Aquí tampoco es coincidencia (porque nunca nada lo es) que el valor numérico de la palabra «madre» (em en hebreo) sea 41, reflejando que posterior a las 40 semanas de preparación la mujer ya está lista para ser investida con el título honorífico de «madre» y además está en condiciones de sobrepasar una frontera clave en su escala de crecimiento espiritual. Sorprendentemente el valor numérico de la palabra «frontera» (gvul en hebreo) es exactamente igual que el de la palabra «madre», es decir 41.
Con esto podemos comprender la infinita fuerza interior y amor de las madres, un amor fuera de los límites, capaces de enfrentar cualquier desafío con tal de cuidar el bienestar de los suyos, donde en los momentos de adversidad son capaces de sostener a sus hijos en los brazos con todas sus fuerzas, con infinito amor, sin juicio, sin rencor, incondicionalmente, hasta exhalar el último aliento de sus vidas.
El amor de madre mantiene con luz al mundo, como una red luminosa que se extiende por todo el planeta, invisible a nuestros ojos, y que nos enseña sutilmente lo que es el amor verdadero.
Felicidades a todas las madres y las que lo serán.
Porque todos somos Uno!
