Tiempo de lectura: 5 minutos – Kabbalah: Medio
Pesaj no es solo una festividad; es un portal único para conectar con la energía trascendental de la liberación. Este momento en el calendario espiritual marca la salida del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto, un acto que trasciende el tiempo y nos invita a reflexionar hoy sobre las cadenas que nos atan en nuestra propia vida.
En cada rincón del mundo, quienes celebran Pesaj no solo recuerdan el pasado, sino que activan una poderosa conciencia de libertad. Esta festividad nos enseña que la verdadera liberación va más allá de lo físico; implica soltar aquello que nos limita mental, emocional y espiritualmente.
Particularmente, en esta reflexión, quiero profundizar en nuestras limitaciones relacionadas a lo que hablamos y expresamos al mundo.
La historia de Pesaj está profundamente entrelazada con el simbolismo de la boca y la lengua. Desde el relato del Éxodo, que hasta el día de hoy se transmite de generación en generación, hasta los alimentos del Seder, como la matzá y las hierbas amargas, que «hablan» de liberación y sufrimiento, cada elemento nos invita a reflexionar sobre el poder de las palabras. Incluso el Faraón, con su «boca mala» (Faraón en hebreo se dice פרעה “Paró” y puede descomponerse en dos partes: פה רע («Peh Ra»), que significa “boca mala”), encarna el impacto que el uso destructivo del lenguaje puede tener en la opresión y la libertad.
En este contexto, el evento de la libertad de Pesaj se convierte en un marco perfecto para explorar el verdadero significado de la hoy tan afamada frase “libertad de expresión”, de hecho. Pesaj en hebreo se escribe פסח y puede ser separado como פה סח “Peh Saj” que significa “boca que habla”, cobrando aún más sentido en esta reflexión.
Así como el pueblo de Israel encontró su voz al cruzar el Mar Rojo, esta festividad nos inspira a reflexionar sobre cómo usamos nuestra propia voz al relacionarnos con los demás. Porque la libertad de expresión, al igual que la libertad adquirida en Pesaj, requiere conciencia, responsabilidad y un propósito que eleve y no que oprima.
Desafortunadamente, en pleno siglo XXI, este derecho ha sido cada vez más malinterpretado, siendo visto como una licencia para decir cualquier cosa, en cualquier contexto, utilizando cualquier lenguaje y sin considerar las consecuencias.
La verdadera libertad de expresión no es absoluta ni puede serlo, porque convive con otros derechos y valores fundamentales, como la dignidad, la igualdad y el respeto hacia los demás. Cuando el ejercicio de este derecho se convierte en un instrumento para difundir odio, incitar a la violencia o menospreciar a otros, pierde su esencia y propósito. En lugar de construir puentes, destruye el tejido social y familiar.
La historia de Moisés, cuando tuvo que enfrentar al faraón, nos enseña profundas lecciones sobre el poder y la responsabilidad del habla, que están íntimamente ligadas al concepto de libertad de expresión.
Si bien existen variadas interpretaciones respecto a la capacidad de oratoria de este enigmático personaje, la mayoría de ellas aludiendo a un Moisés con problemas físicos para hablar, como tartamudez o algo similar, esta vez me gustaría abrazar una interpretación diferente que no se basa en una limitación física, sino que más bien en dificultades propias de su personalidad y carácter.
Moisés, siendo un hombre fuerte, criado en Egipto, con una vida marcada por el liderazgo y la acción, inicialmente se sentía incapaz de enfrentar a Faraón por su percepción de no tener las habilidades necesarias para lograr sus objetivos de forma pacífica y diplomática. De ahí a que en Shemot 4, versículo 10 él mismo se autoproclamara una persona de «boca y lengua pesadas”.
Este sentimiento de insuficiencia refleja la lucha interna que muchos pueden tener al confrontar las exigencias requeridas para una comunicación positiva, luminosa y efectiva.
La enseñanza radica en el proceso de transformación de Moisés. Dios no eligió a un orador perfecto ni a alguien con habilidades diplomáticas impecables. Eligió a un líder que debía aprender a confiar no solo en su propia fuerza, sino en la importancia de ser consciente y cuidadoso con las palabras. Moisés reconocía en él estas limitaciones y entendió que hablar no se trata solo de decir lo que pensamos, sino de cómo palabras amables y luminosas pueden impactar, transformar y lograr grandes objetivos, incluso estando frente a nuestro peor enemigo.
La libertad de expresión, como lo percibió Moisés, no es simplemente un derecho a hablar sin límites; es un acto de responsabilidad, donde controlamos lo que decimos, evaluamos el momento en que debemos hablar y restringimos lo que no contribuye al bien común. Este control no es falta de libertad, sino una herramienta que nos permite alinear nuestras palabras con nuestras intenciones y valores, cultivando un diálogo que construya en lugar de destruir.
Desde el misticismo de la Kabbalah tenemos que la boca y la lengua utilizan lugares diferentes dentro del arquetipo del árbol de la vida. La boca es externa (está visible al mundo durante todo el tiempo) por lo que se asocia a “Maljut”. Mientras que la lengua es interna (No está visible hasta que la boca se abre) por lo que se asocia a Zeir Anpin. Dicho de otro modo, la boca es la vasija física para depositar el habla o las palabras emitidas gracias a la lengua.
Es así que podemos decir que la lengua (Zeir Anpin) es la principal responsable de volcar nuestros pensamientos en palabras y la boca en ayudar a materializarlos en Maljut, haciéndolos realidad.
Esta misma idea, pero expresada en términos de copulación energética, es que la lengua representa la semilla masculina que se extiende o cae hasta Maljut haciendo que la boca (la vasija) cree la realidad. Esto está codificado en las propias palabras “lengua” y “boca” en hebreo, tal como explico a continuación:
La palabra lengua בנטתי en Zeir Anpin, se puede reordenar de dos formas diferentes para obtener las palabras «ונשל לשנו» que se traducen como «y extendió su lengua», alcanzando así la “boca” en Maljut. A través de la copulación de ambas energías se obtienen “sus hijos” que es el “habla” (“sus hijos” y “habla” comparten la misma gematría).
De esta forma, al unir en Maljut “boca” y “y sus hijos” queda en hebreo פה סח “boca que habla”, para finalmente refundir ambas palabras y obtener la palabra “Pesaj”

En conclusión, la historia de Moisés nos llama a reflexionar en que, así como él aprendió a restringirse, moderar su expresión y hablar con propósito, nosotros también debemos aprender que la libertad de expresión es una habilidad de balance. Este equilibrio entre el poder de las palabras y su responsabilidad es realmente la verdadera esencia de la libertad.
Así, la verdadera libertad de expresión es el sendero que todo guerrero espiritual debe recorrer para trascender el ego. Es un aprendizaje profundo, donde las palabras dejan de ser reflejo de la vanidad para convertirse en puentes hacia lo sagrado.
Jag Pesaj Sameaj
