BREVE REFLEXION (Tiempo de lectura: menos de 5 minutos)
¿Cuántas veces has conocido a alguien que habla constantemente de paz, amor y espiritualidad, pero en la intimidad de su hogar y en sus acciones cotidianas está lleno de enojo, juicio y resentimiento? O quizás, si somos profundamente honestos frente al espejo, ¿cuántas veces nosotros mismos mostramos una imagen de absoluta perfección al mundo exterior mientras por dentro lidiamos con una silenciosa y profunda confusión existencial?
Este es uno de los problemas más comunes y dolorosos de nuestra era moderna, donde las redes sociales y las presiones sociales nos exigen mostrar una fachada intachable al mundo, mientras descuidamos nuestro verdadero proceso interno. Vivimos atrapados en una constante división interior, actuando y hablando de una forma, pero sintiendo y vibrando de otra muy distinta, lo que nos genera una profunda insatisfacción espiritual.
La Parashá Sheminí nos enseña que esta fractura entre lo que mostramos en la superficie y lo que realmente somos en nuestro núcleo no es un dilema nuevo propio de la modernidad, sino el centro de un antiguo secreto místico que encierra la clave de nuestra verdadera redención espiritual.
וּֽלֲהַבְדִּ֔יל בֵּ֥ין הַקֹּ֖דֶשׁ וּבֵ֣ין הַחֹ֑ל וּבֵ֥ין הַטָּמֵ֖א וּבֵ֥ין הַטָּהֽוֹר
“[Podrán así] hacer distinción entre lo santo y lo profano, y entre lo impuro y lo puro.”
Al leer este versículo entendemos que la realidad se divide en dos ejes espirituales, siendo fundamental distinguir en primer lugar entre lo que es santo frente a lo profano, y por otro lado lo puro frente a lo impuro.
Lo santo y lo profano miden nuestra esencia ontológica, donde lo santo está intrínsecamente dedicado a lo divino y lo profano representa la vida material cotidiana y mundana. Por otro lado, lo puro y lo impuro describen una condición espiritual cambiante, es decir, miden nuestro estado dinámico para saber si nuestra capacidad de conexión con lo sagrado fluye correctamente o si nos encontramos temporalmente bloqueados y desconectados.
Imagina a una persona que decide sentarse a orar, meditar o estudiar un texto sagrado. Por su propia naturaleza, esta actividad tiene una esencia santa, ya que está intrínsecamente separada y dedicada a conectar con lo divino. Sin embargo, minutos antes de hacerlo, esta persona tuvo una discusión fuerte y se sienta a realizar su práctica espiritual llena de enojo, ego o resentimiento. En este escenario, aunque la acción es santa, su estado dinámico es impuro, ya que sus emociones alteradas y confusas actúan como un bloqueo temporal que interrumpe por completo su capacidad de canalizar el flujo sagrado. Hay una luz elevada, pero su recipiente interno está dañado.
Por el contrario, imagina a esa misma persona horas más tarde realizando una tarea completamente mundana, como hacer su trabajo de oficina, preparar la cena o limpiar su casa. Estas actividades tienen una esencia profana (corriente), ya que pertenecen a la vida material cotidiana y son de carácter neutral. Pero esta vez, la persona realiza estas tareas con absoluta alegría, paz interior, integridad y conciencia plena. En este caso, su estado es puro, porque su canal interno está equilibrado y sin obstrucciones, lo que le permite estar perfectamente alineado con la vida a pesar de no estar haciendo nada «sagrado».
Este ejemplo práctico demuestra que la esencia (santo/profano) simplemente clasifica si una actividad o situación es sagrada o neutral, mientras que el estado (puro/impuro) es muchas veces más decisivo, porque nos revela si interiormente estamos conectados o si nuestro canal espiritual está temporalmente bloqueado.
Ahora bien, la Parashá Sheminí nos revela que existe una tercera capa que muchas veces resulta ser más decisiva que nuestra esencia o nuestro estado, y esa capa se llama coherencia.
Esta profunda lección sobre la coherencia espiritual se nos revela a través de un personaje que aparece por primera vez en la Torá, un personaje que goza de mala reputación, pero que realmente tiene, como todo en la creación, una misión elevada, me refiero al “cerdo”.
La kabbalah sugiere que todos los animales considerados “no aptos”, funcionan como un filtro espiritual acumulando chispas de energías negativas que el ser humano no ha logrado elevar. Sin embargo, el cerdo, a diferencia de otros, tiene una característica adicional que lo hace especial.
La exigencia dietética de la Torá es comer animales que tienen la pezuña hendida y que además rumian. Aunque muchos no logran esta condición dado que no tienen pezuña hendida, aunque sí rumian, el cerdo tiene la particularidad que cumple las condiciones al revés, es decir, es un animal que sí tiene la pezuña hendida, pero no rumia.
¿Hay algo que podamos aprender de esta rareza de la naturaleza?
Los sabios enseñan que la pezuña hendida es algo visible y rumiar es un proceso interno. Así, la pezuña hendida del cerdo es una señal visible y externa de pureza, pero al no rumiar, lo hace carecer por completo del proceso interno de transformación e integración. Esto lo convierte en el símbolo arquetípico de la hipocresía espiritual y el autoengaño, representando a todo aquel que muestra una apariencia correcta, moral y alineada, pero internamente se encuentra bloqueado y sin trabajar su alma. Esta perjudicial falta de coherencia, donde lo externo no refleja lo interno, es la que nos mantiene alejados de nuestro propósito divino y nos condena a vivir vidas fragmentadas.
Aquí es donde se revela una de las enseñanzas cabalísticas más profundas para nuestro desarrollo y trascendencia, ya que no es únicamente la santidad o la pureza lo que nos ayudará a reconectar con nuestra alma, sino que es precisamente la coherencia la llave principal que nos permitirá revelar el estado del Adán original a través de los cuatro mundos espirituales.
En el nivel de los secretos místicos existe un asombroso secreto numérico que confirma matemáticamente este principio espiritual y se basa justamente en esta palabra que hace su aparición, por primera vez, en esta porción de la Torá, “el cerdo” (החזיר).
La gematría de la palabra hebrea «el cerdo» es doscientos treinta (230), y si a este valor le restamos la gematría de la palabra impuro «Tumá» (טמא), que es cincuenta (50), representando el bloqueo del flujo divino, obtenemos como resultado ciento ochenta (180).
El número ciento ochenta (180) es equivalente a 45*4, valor de la palabra «Adán» (אדם), que es cuarenta y cinco, multiplicado por cuatro, representando al ser humano completamente integrado y alineado en todos los planos a través de los cuatro mundos de Atzilut, Beriá, Yetzirá y Asiá.
En términos simples, si a la energía arquetípica del cerdo (la incoherencia) le quitamos la impureza, se revela el potencial de restablecer al Adán original desplegado en todos los planos.
Esto significa un profundo despertar, pues nos enseña que al restar la desconexión y el bloqueo de nuestra estructura incoherente, no estamos intentando crear algo nuevo o inalcanzable, sino que estamos revelando al Adán completo y perfecto que ya habita latente en nosotros.
Alcanzar esta vital coherencia interior nos ayudará a ser genuinamente más santos y menos paganos o profanos, elevando nuestra esencia para que nuestras acciones cotidianas dejen de ser simples automatismos materiales y estén consagradas a un propósito superior. A la vez, este sincero trabajo interno nos ayudará a ser más puros y no impuros, limpiando nuestros recipientes espirituales para que el flujo de la sabiduría divina no encuentre obstáculos, egos ni alteraciones en nuestra mente y en nuestro corazón.
Volver al estado de Adán antes de la caída en el Edén no significa de ninguna manera volvernos seres infalibles o desconectados de la realidad terrenal, sino sencillamente dejar de estar divididos por dentro, logrando que lo que sabemos, lo que sentimos y lo que finalmente hacemos estén perfectamente alineados sin distorsión alguna.
Cuando logramos que lo exterior refleje fielmente nuestro arduo trabajo interior, evitamos el grave peligro de caer en una espiritualidad de apariencias que simula rectitud pero que en realidad esconde una gran desconexión y vacío existencial. De esta manera, evitamos ser como un sacerdote que intenta realizar un acto sagrado estando en un estado emocionalmente alterado o egoico, lo cual resulta en un corto circuito espiritual.
La invitación de esta antigua sabiduría es a comenzar a aplicar hoy mismo estas enseñanzas transformadoras en el tejido de nuestras vidas. Observar con detenimiento nuestras reacciones cotidianas en las relaciones familiares, decisiones laborales y en la profunda soledad de nuestros pensamientos, y preguntarnos con valentía si estamos mostrando al mundo una apariencia externa que no coincide con nuestra turbulenta realidad interna.
El verdadero crecimiento espiritual requiere que todos los días recordemos nuestra esencia divina originaria, cuidemos meticulosamente de nuestro estado para mantener un canal limpio de interferencias egoicas, y sobre todo, vivamos con una coherencia inquebrantable entre la luz interna y nuestros pasos externos.
Al comprometernos a sanar nuestra propia fractura interna y remover pacientemente esos bloqueos que nos desconectan de la gran fuente universal, empezaremos inevitablemente a manifestar la luz del Adán restaurado en cada rincón de los cuatro mundos de nuestra majestuosa existencia.
Shabbat Shalom.
