La parashá de esta semana cuenta los eventos ocurridos en el octavo día desde que fue construido el mishkan (tabernáculo). Este octavo día es el gran día, donde Aharon por primera vez oficiará formalmente los servicios y bendiciones al pueblo de Israel.
También, en esta misma porción el Creador da las instrucciones de cuáles alimentos son permitidos y cuáles no. Es en esta porción donde Moisés repite, en más de una ocasión, que todo lo instruido es para aprender a distinguir entre lo puro de lo impuro.
Para los kabbalistas no es coincidencia que estas dos cosas ocurrieran en un octavo día. ¿Por qué?
Así como el número 7 está en representación de la manifestación de las cosas en nuestro plano (el mundo se creó en 7 días, hay 7 días de la semana, hay 7 notas musicales para crear toda la música, son 7 colores en el espectro de la Luz, etc.) así el número ocho representa entonces lo que está por sobre lo natural.
¿Qué aprendemos de esto para nuestras vidas?
Primero que todo debemos entender que venimos a este mundo a trabajar y este trabajo tiene dos tipos de labores.
Primero que todo, nuestro trabajo de elevación a través de nuestros servicios sacerdotales. Nuestro cuerpo es un tabernáculo y nuestra Alma es el sacerdote que ayudará a movernos del 7 al 8, es decir a elevarnos por sobre lo natural a una dimensión sobrenatural, ¿como? A través de nuestras plegarias, meditaciones, estudios, voluntariado, correcciones, etc.
Y segundo, no menos importante, también debemos cuidar nuestro tabernáculo (cuerpo) haciendo nuestro trabajo diario con ojos espirituales (representado por la actividad de comer animales permitidos).
Ambas labores nos elevarán por sobre lo natural impulsándonos al lugar donde podremos distinguir con claridad espiritual lo que es puro e impuro.
Dicho de otro modo, la Tora nos enseña que ver lo bueno, de lo que no lo es, no podemos sólo evaluarlo con ojos terrenales. Si estamos desconectados del Creador corremos el riesgo de no hacer lo correcto o incluso de llevar a otros a hacer lo incorrecto.
Solo un ejemplo de lo que intento decir. Hoy por ejemplo, con las redes sociales todo el mundo se siente con el derecho de hablar y publicar opiniones sin importar el tipo de palabras, la forma e incluso el tono en que estas se dicen.
Pensamos que tenemos el derecho de opinar, que es correcto decir cuando algo está mal o no estamos de acuerdo con algo, que tenemos libertad de expresión y es malo siempre estar callando todo, al final estamos en una era donde debemos revelar la verdad y los que se callan son cobardes o no le hacen bien al mundo guardándose las cosas. Tengo mis derechos y si a alguien no le gusta, que simplemente no me lea y ya. También tengo el derecho de funar a quien yo juzgo que es culpable de algo.
Sin embargo, aunque todo lo anterior es, a simple vista verdad, lo cierto es que dándole una mirada desde el nivel ocho, aparecen algunos detalles.
Una persona conectada con el Creador entiende que se debe evitar por todos los medios decir o escribir algo que pueda herir a otros (no hay opinión que valga si esta puede herir a una persona). También se debe evitar por todos los medios hablar o escribir algo que pueda llegar a poner a la otra persona en vergüenza o expuesta a críticas (aunque lo que esté diciendo sea “verdad”). También se debe evitar por todos los medios hablar o escribir usando sobrenombres, nombres de animales o cosas para referirse a otros ya que esto puede denigrar a esa persona y hacerla sentir mal o hacer que otros los traten igual. Siempre debemos buscar, por todos los medios, encontrar lo bueno o inocente de la persona a quien van dirigidas mis palabras.
Una vez que todo lo anterior fue evaluado y evitado en su máxima expresión, recién entonces podemos pensar en expresar nuestra opinión de forma libre, responsable, con palabras buenas, justas, dignas y sabiendo que tengo el derecho de hablar.
Lo anterior fue todo el trabajo hecho, parado desde el nivel 8, donde se puede distinguir lo que es puro de lo que es impuro.
Así como el ejemplo anterior, hay tantas cosas que hacemos en la vida que nos parecen cotidianas y aparentemente no merecen hacerse de una forma diferente o de una forma más elevada. Sin embargo, en esta porción de la Torá, Dios nos insta a continuamente depurarnos y transformar este mundo y su cotidianidad natural en un mundo completamente sobrenatural.
Shabbat Shalom.
