Tiempo de lectura: 6 minutos – Kabbalah: Básico
Debo reconocer que esta Parashá es una de mis preferidas en toda la Torá. El impactante paralelo que se puede hacer con la ciencia respecto a la composición de lo que llamamos realidad y la profunda enseñanza respecto como “mirar” el mundo es algo que realmente me mueve cada vez que la estudio.
Estamos en el libro de la “Manifestación”, es decir, en la fisicalidad, en el mundo de las causas y los efectos, que es el escenario donde habitamos, nuestro reino al que llamamos realidad.
Pero ¿Qué es la realidad?
Según la ciencia y en particular por la física cuántica, las partículas se transforman en materia observable únicamente cuando su función de onda, que mide la probabilidad de dicha partícula en existir en un lugar determinado, colapsa y provoca que ella pase de un sinfín de estados superpuestos, todos etéreos (energía), a un único estado observable (materia). Lo realmente interesante en el mundo cuántico es que el actor que provoca el colapso de esta función de onda es “el observador”.
Dicho en palabras simples, el “observador” es quien determina la realidad observable ya que de otro modo todo se mantendría en potenciales estados superpuestos de realidad. De ahí una de las frases célebres de Einstein que dijo: “Me gustaría pensar que la luna está ahí aún cuando no la esté observando”
Las implicaciones de esta teoría cuántica son enormes ya que supone a un observador “creativo” y responsable de su propia creación.
Pero ¿Qué tiene que ver la física cuántica con la Parashá Ree?
Ree (ראה) significa “Mira”, tal como dice el primer pasuk de la porción:
רְאֵ֗ה אָֽנֹכִ֛י נֹתֵ֥ן לִפְנֵיכֶ֖ם הַיּ֑וֹם בְּרָכָ֖ה וּקְלָלָֽה
“Mira, yo estoy poniendo delante de ustedes tanto bendición y maldición.”
En estas pocas palabras se nos está otorgando el rol de observador y se nos dice, tal como lo hace hoy la ciencia, que somos nosotros como observadores quienes tenemos la responsabilidad de crear la realidad que queremos. Si queremos bendición o maldición.
Continúa el siguiente pasuk diciendo:
אֶת־הַבְּרָכָ֑ה אֲשֶׁ֣ר תִּשְׁמְע֗וּ אֶל־מִצְוֹת֙ יְהֹוָ֣ה אֱלֹֽהֵיכֶ֔ם אֲשֶׁ֧ר אָֽנֹכִ֛י מְצַוֶּ֥ה אֶתְכֶ֖ם הַיּֽוֹם
וְהַקְּלָלָ֗ה אִם־לֹ֤א תִשְׁמְעוּ֙ אֶל־מִצְוֹת֙ יְהֹוָ֣ה אֱלֹֽהֵיכֶ֔ם וְסַרְתֶּ֣ם מִן־הַדֶּ֔רֶךְ אֲשֶׁ֧ר אָֽנֹכִ֛י מְצַוֶּ֥ה אֶתְכֶ֖ם הַיּ֑וֹם לָלֶ֗כֶת אַֽחֲרֵ֛י אֱלֹהִ֥ים אֲחֵרִ֖ים אֲשֶׁ֥ר לֹֽא־יְדַעְתֶּֽם
“La bendición si oyen los mandamientos de Dios su Señor, que les prescribo hoy.
La maldición si no oyen los mandamientos de Dios su Señor y se extravían de la senda que prescribo para ustedes hoy, siguiendo a otros dioses para tener una experiencia espiritual novedosa.”
Si la acción de ver crea una realidad, entonces la acción de oír hace que dicha realidad sea una bendición.
La acción de escuchar es la acción que le da forma a lo que vemos.
Muchas veces ha pasado que podemos tener en frente una persona que al “verla” nos da desconfianza, pero al hablar con ella (escucharla) puede que nuestra percepción cambie totalmente.
En los mundos espirituales el escuchar se interpreta místicamente como la acción de ver con los ojos del alma. Haciendo una correlación con la física cuántica respecto al efecto onda-partícula, los ojos ven la partícula y los oídos la onda (la vibración).
Entonces, como observadores continuamente estamos manifestando realidades a este mundo físico, pero la Torá nos insta a “escuchar” (o ver con los ojos del alma), para que aquello que materialicemos sea una bendición y no una maldición.
Debemos aprender que este mundo, más allá de cualquier atrocidad que podamos ver en él, es un mundo justo y perfecto para nuestro desarrollo espiritual. Maldición y Bendición son dos estados superpuestos potenciales que sólo el observador, es decir nosotros, colapsamos al manifestar uno o el otro.
Di-s no es el responsable de lo bueno o lo malo en este mundo, somos nosotros mismos los que, en nuestro rol de cocreador, materializamos. Di-s más bien infinitamente va endulzando los juicios de nuestra vida.
Recuerdo un maestro que contaba la historia de dos mujeres que coincidentemente se le acercaron después de una charla que estaba dando en Nueva York. Una le dijo que estaba muy triste porque, aunque ella siempre vivió en España, ahora tendría que mudarse a Nueva York dado el trabajo de su esposo. Estaba desconsolada porque ella amaba a su país, su gente, sus vecinos, amigos, familia. Estaba segura de que la gente de Nueva York era más fría, distante y arrogante, Ud. Que conoce Nueva York ¿Qué cree que puedo hacer?, le preguntó ella. El maestro le dijo que debería tener mucha paciencia porque efectivamente en Nueva York sólo encontrará gente fría, distante y arrogante. Otra mujer casi al instante saltó y dijo que ella también se había mudado esa semana a Nueva York y que estaba esperanzada en encontrar a buenas personas donde ella podría al fin rehacer su vida rodeada de gente más abierta, inclusiva y respetuosa ¿Qué cree Ud.? preguntó esta segunda mujer. El maestro respondió; has tomado la mejor decisión de tu vida, acá en Nueva York sólo puedes encontrar gente abierta, inclusiva y respetuosa.
Evidentemente a las dos mujeres les extrañó lo contradictorio de ambas respuestas ¿Cómo en Nueva York se puede encontrar gente indeseable y al mismo tiempo querible?
El maestro sin que le preguntaran aclaró la evidente confusión. Él dijo que aquello que veas con el alma, eso es lo que verás con tus ojos.
La Kabbalah nos enseña a que todo es perfecto, que el hambre, la pobreza, las guerras, la delincuencia, y todas las calamidades del mundo no son necesarias, pero son un efecto de algo que nosotros mismos hemos creado por no escuchar, es decir, no ver con el alma.
Somos parte de esta obra de arte perfecta que Di-s pintó para nosotros, pero a la vez somos el pincel que da los trazos que nuestra alma aspira.
Hagamos de esta obra la obra de arte más hermosa que haya existido, abracemos nuestra realidad y todos sus desafíos con amor, fe y con la convicción de que no hay nada malo ni bueno, sólo hay lo que decidamos escuchar (ver con el alma).
Que esta semana sólo veamos con nuestros ojos espirituales, eliminemos de nuestra vida la queja, el miedo, la incertidumbre, el juicio y la desesperanza. Veamos a todos con empatía, compasión y amor, sólo así haremos brillar a este mundo más que nunca y así podremos manifestar la bendición más importante que podemos alcanzar, la de despertar la fuerza inconmensurable y arrebatadora de nuestro mesías interior.
Shabbat Shalom
