RESUMEN DE LAS PARASHA SHOFTIM (Tiempo de lectura: menos de 3 minutos)
¿Puede la culpa alejarnos precisamente de aquello hacia lo que la Teshuvá intenta conducirnos?
Estamos acostumbrados a pensar que sentir culpa después de equivocarnos es una señal positiva. Y, en cierta medida, lo es. Reconocer que hemos causado daño, que nos hemos apartado del camino correcto o que hemos actuado de una manera diferente a aquello que verdaderamente queremos ser significa que nuestra conciencia todavía está despierta.
El problema comienza cuando la culpa deja de ser una señal y se transforma en un faraón que nos esclaviza.
Cuando dejamos de pensar: “hice algo incorrecto”, y comenzamos a pensar: “hay algo incorrecto en mí”.
Entonces el error deja de ser un acontecimiento del pasado y comienza a convertirse en una falsa identidad. Y ocurre una paradoja: aquello que inicialmente debía impulsarnos hacia la Teshuvá termina impidiéndonos retornar.
La Parashá de esta semana, Shoftim, que leemos precisamente en el tiempo de Elul, contiene una extraordinaria enseñanza sobre este proceso.
Shoftim comienza diciendo:
שֹֽׁפְטִ֣ים וְשֹֽׁטְרִ֗ים תִּתֶּן־לְךָ֙ בְּכָל־שְׁעָרֶ֔יךָ אֲשֶׁ֨ר יְהֹוָ֧ה אֱלֹהֶ֛יךָ נֹתֵ֥ן לְךָ֖ לִשְׁבָטֶ֑יךָ וְשָֽׁפְט֥וּ אֶת־הָעָ֖ם מִשְׁפַּט־צֶֽדֶק
“Jueces y alguaciles pondrás para ti en todas tus puertas…”
(Shoftim 16:18)
La tradición cabalística ha leído esas puertas no solamente como las entradas de las antiguas ciudades de Israel, sino también como los portales a través de los cuales nuestra conciencia se relaciona con el mundo: los ojos, los oídos, la boca y los demás sentidos.
Debemos colocar dentro de nosotros un Shofet, un juez capaz de discernir, y un Shotar, un alguacil capaz de llevar ese discernimiento a la acción. Porque reconocer que nos hemos equivocado no es suficiente, la Teshuvá necesita conciencia, pero también necesita estructura.
Sin embargo, aquí aparece un peligro: transformar al juez interior en un verdugo.
El juez debe impulsarnos a reconocer nuestras faltas no a autodestruirnos por ellas. De hecho, en varios episodios de la Torá se establece claramente un proceso de reconocimiento, confesión y reparación de nuestras transgresiones; Vayikrá 5:5 o Bamidbar 5:5-7 entre otros. Pero en ninguno de ellos nos insta a transformar nuestra culpa en una cadena perpetua.
La culpa cumple una función cuando despierta nuestra conciencia y nos mueve a corregir aquello que hemos hecho. Pero una vez que la culpa deja de conducir hacia la reparación y comienza simplemente a acusarnos una y otra vez, deja de ser una herramienta de transformación – se convierte en una cárcel, nos convierte nuevamente en esclavos en Egipto.
Pero entonces, esta semana llega Shoftim introduciendo una institución sorprendente: las Arei Miklat, las ciudades de refugio.
La Torá establece que quien ha provocado involuntariamente la muerte de otra persona puede huir hacia una de estas ciudades y protegerse allí del Goel HaDam, el vengador de la sangre.
La Torá crea un espacio donde esa persona puede quedar protegida de quien (o lo que) la persigue y esta institución jurídica contiene también una poderosa enseñanza espiritual.
Todos podemos llevar dentro de nosotros a nuestro propio Goel HaDam (vengador de la sangre).
Es esa voz que aparece después de equivocarnos:
“¿Cómo pudiste hacerlo?”
“Deberías haberlo sabido.”
“Siempre haces lo mismo.”
“No mereces otra oportunidad.”
Al comienzo esa voz puede invitarnos a revisar nuestras acciones. Pero cuando permanece demasiado tiempo cambia de función, ya no busca corregir el acto, ahora comienza a condenar a la persona. Y cuando eso ocurre necesitamos construir dentro de nosotros una ciudad de refugio.
Entrar en una ciudad de refugio no significa escapar de nuestra responsabilidad, significa poder asumirla sin destruirnos.
Hay momentos en que nuestra conciencia necesita un lugar protegido donde detenerse, observar lo ocurrido, comprenderlo, aprender y reorganizarse.
Ese refugio puede ser el estudio, la oración, la meditación, una conversación honesta, el silencio o ese especial espacio de introspección que representa el mes de Elul.
Entonces, existe una diferencia fundamental entre decir:
“He cometido un error”
y decir:
“Yo soy mi error.”
La primera afirmación abre la puerta de la Teshuvá.
La segunda la cierra.
Porque Teshuvá — תשובה significa retorno. Y solamente puede retornar quien comprende que, detrás de aquello que hizo, continúa existiendo un lugar interior hacia el cual volver.
La verdadera Teshuvá significa reconocer lo ocurrido, reparar aquello que podamos reparar, aprender de ello y evitar que nuestro pasado se convierta en nuestra identidad.
La culpa debe producir movimiento, cuando solamente produce sufrimiento, simplemente ha dejado de cumplir su función.
Que tengamos la valentía de reconocer nuestros errores, la humildad de repararlos y la sabiduría de dejarlos finalmente atrás. Porque la Teshuvá no nos pide vivir mirando quiénes fuimos, sino caminar con esperanza hacia quienes todavía podemos llegar a ser.
Shabbat Shalom.
