BREVE REFLEXION (Tiempo de lectura: menos de 5 minutos)
Hay momentos en la vida en que pareciera que todo comienza a desmoronarse al mismo tiempo. Las relaciones se deterioran, el trabajo deja de ofrecer seguridad, aparecen dificultades económicas, el cuerpo comienza a pasar la cuenta y aquello que alguna vez imaginamos para nuestra vida parece alejarse cada vez más.
Cuando eso ocurre solemos hacer una evaluación bastante rápida: estamos atravesando una mala época. Quizás incluso pensemos que hemos entrado en una etapa de “maldición”.
Pero Reé nos propone una pregunta mucho más incómoda:
¿Y si el problema fuera la manera en que hemos aprendido a mirar las cosas?
La Parashá comienza con una palabra extraordinariamente sencilla:
רְאֵה — Reé — mira.
“Reé, yo pongo hoy delante de ustedes la bendición y la maldición”.
Antes de hablar de bendición, antes de hablar de maldición, antes incluso de hablar de la elección entre ambas, Moshé nos pide realizar una acción anterior a todas ellas: «mirar».
No parece casual.
Porque para elegir entre bendición y maldición primero debemos ser capaces de reconocerlas. Y quizás uno de los mayores problemas del ser humano sea precisamente que muchas veces aquello que llamamos bendición no necesariamente lo es, mientras que experiencias que inmediatamente clasificamos como maldiciones pueden contener una luz que todavía no hemos aprendido a descubrir.
Existe una historia real que expresa esta idea de una manera extraordinaria.
A finales de 2007, John Kralik un abogado estadounidense que podía considerarse bastante exitoso: tres hijos, buena universidad, escuela de Derecho prestigiosa, una carrera ascendente y varias sociedades en firmas jurídicas, atravesaba uno de los peores períodos de su vida. Su situación profesional se había vuelto difícil, enfrentaba serios problemas económicos, acumulaba dos divorcios, sus relaciones afectivas y con sus hijos estaban deterioradas y sentía que, acercándose a los cincuenta años, su vida estaba muy lejos de aquella que alguna vez había imaginado.
El sentimiento predominante comenzó a ser el fracaso.
Fue así que, agobiado por su situación, el primer día del 2008 decidió salir a caminar por las montañas cercanas a Pasadena, California. Durante la caminata ocurrió algo que, visto desde Reé, parece casi escrito como una metáfora: Kralik se perdió en el sendero.
Su situación es paradojal, Kralik perdió el camino, aunque realmente su camino lo había perdido antes, sobre todo respecto de la manera en que estaba observando su propia vida.
Mientras caminaba recordaba todo aquello que había salido mal. Su mente parecía encontrar evidencia suficiente para construir un diagnóstico completo; “soy un total fracaso”. Pero en medio de aquella caminata recordó algo: poco tiempo antes había recibido una nota de agradecimiento por un regalo.
Y entonces, apareció una idea.
Se dio cuenta que toda su vida, por su trabajo, había estado centrado en juzgar a los demás, en ver las carencias, faltas y pobrezas de otros. Pero ¿Qué ocurriría si, en lugar de concentrarse constantemente en los demás, comenzara deliberadamente a prestar atención en él? Pero no se trataba de prestar atención a su situación actual, sino que ver todo lo que había tenido durante su vida previo al colapso actual.
Comenzó a pensar y a recordar cada detalle de su vida y todo lo que había recibido durante años de los demás; familia, amigos, su entorno laboral, incluso del barista que cada mañana le servía el café en la cafetería de la esquina de su oficina.
Así fue que Kralik tomó una decisión aparentemente insignificante: escribir durante el año siguiente 365 notas de agradecimiento, una cada día.
No había solucionado sus problemas.
No había aparecido inesperadamente dinero en su cuenta.
Sus relaciones no se habían reparado.
Su trabajo continuaba siendo complejo.
Nada importante había cambiado todavía afuera.
Pero algo decisivo había comenzado a cambiar adentro: la dirección de su mirada.
Hasta ese momento su conciencia estaba entrenada para identificar carencias, pero ahora tendría que entrenarla para descubrir bendiciones.
Cada día se esforzó por encontrar una razón concreta para agradecer a alguien. Un regalo, una ayuda, una conversación, una oportunidad, una recomendación, una atención médica, un gesto de amistad, una pequeña acción que normalmente hubiera pasado inadvertida.
Y poco a poco comenzó a suceder algo sorprendente.
Kralik descubrió que estaba rodeado de muchas más razones para agradecer de las que imaginaba. No habían aparecido repentinamente, siempre habían estado allí, lo que había desaparecido era su capacidad de verlas.
Ése es precisamente uno de los secretos de Reé.
Esta porción de la Torá posee 126 versículos, número que es equivalente a la gematría de la palabra פְּלִיאָה (pliyá, “maravillas”). De allí surge una hermosa lectura: Reé desarrolla en nosotros la capacidad de ver las maravillas del Creador en todas las cosas.
Ver maravillas significa desarrollar una conciencia capaz de descubrir lo extraordinario escondido dentro de aquello que, por repetición, hemos convertido en ordinario.
Una persona puede despertar cada mañana al lado de alguien que la ama y dejar de verlo, puede tener hijos y olvidar el milagro de su existencia, puede tener alimento, una casa, amigos, conocimiento, oportunidades, salud parcial, capacidades, recuerdos, experiencias, maestros y personas que alguna vez extendieron una mano, y aun así construir toda su percepción de la realidad alrededor de aquello que falta.
La Torá no nos pide imaginar que las dificultades no existen. La transformación está en comprender que una misma realidad puede contener simultáneamente muchas capas y que nuestra conciencia determina cuál de ellas se vuelve visible, cual de ellas queremos ver.
Es por eso que, desde el misticismo de la Kabbalah, resulta tan profundo que ראה — Reé, sea justamente uno de los 72 Nombres de Dios (específicamente es el nombre número 69) que significa “perdido y encontrado”. Su simbolismo es una brújula que permite encontrar nuevamente el camino hacia el hogar espiritual.
Pero existe una condición inevitable: para encontrarnos primero debemos reconocer que estamos perdidos. Ésa es quizás una de las verdades más difíciles de aceptar.
Mientras una persona está convencida de que ve perfectamente, nunca buscará una nueva mirada. Mientras cree que todos los demás son responsables de sus problemas, nunca investigará su propia reacción. Mientras está absolutamente segura de que comprende la razón de aquello que le ocurre, difícilmente preguntará qué puede aprender de ello.
La Teshuvá comienza justamente allí, cuando logramos ver aquello que necesita ser corregido.
Por eso el verdadero peligro espiritual no consiste solamente en equivocarnos. Todos nos equivocamos. El verdadero peligro aparece cuando perdemos la capacidad de reconocer nuestros propios errores. Cuando aquello que antes hubiera producido incomodidad deja de molestarnos. Cuando nuestra reacción se vuelve tan habitual que comenzamos a confundirla con nuestra identidad. Cuando dejamos de preguntarnos qué debemos transformar.
Kralik se había acostumbrado a observar su vida desde una posición de juez, viendo carencia en los demás e incluso en sí mismo. Las 365 notas que escribió introdujeron una pequeña ruptura en esa narrativa.
Para escribir una carta tenía que preguntarse:
¿Qué me ha dado la vida? ¿Qué he recibido de las personas?
Esa pregunta comenzó lentamente a reorganizar su universo.
Alguien que hasta ayer simplemente formaba parte del paisaje cotidiano aparecía ahora como alguien importante en su vida porque le había dado algo. Y si bien el agradecimiento no inventaba la bendición, la hacía visible.
Por eso Reé comienza diciendo “Mira, yo pongo delante de ustedes…”
Ya están delante.
Ahora debes aprender a distinguirlas.
La historia de Kralik adquirió con el tiempo un rumbo completamente distinto. Las relaciones comenzaron a fortalecerse, su situación profesional cambió y aquella experiencia terminó convirtiéndose en el libro llamado “365 Thank Yous”.
Estamos cerca de iniciar el mes de Elul y los cielos se abren buscando que nuestras miradas se dirijan hacia nuestro interior. Que todos tengamos la valentía de Kralik para reconocer aquellas veces en que nos hemos perdido en el camino, y que también el Eterno nos dé la fuerza espiritual para volver nuestra vista hacia la dirección correcta, que es aquella que nos permite reconocer la Luz que siempre estuvo frente a nosotros, descubrir la bendición escondida incluso en aquello que alguna vez llamamos maldición y, finalmente, encontrar el camino de regreso hacia nuestra verdadera esencia.
Shabbat Shalom.
