Suena tan cliché la frase “lo importante no es el destino sino el camino” que muchas veces perdemos de vista esta verdad.
Pero quizás vale la pena preguntarnos si ésta está reflejada en la Tora y a partir de ahí ver cómo volver a revalidarla y aplicarla a nuestra vidas.
La verdad es que la Tora, a diferencia de la mayoría de las películas de Hollywood, no tiene un protagonista muy admirable o digno de imitar. El protagonista de la Tora, el pueblo de Israel, durante los 4 libros del Pentateuco ha dejado bastante que desear con sus actitudes egoístas y de poca fe. Sin embargo, son esas historias la que nos reflejan como humanidad y buscan enseñarnos a cómo comportarnos realmente.
Moisés, el líder de este pueblo terco, hizo y dio todo porque esta gente no fuera destruida por la ira de Dios (irá que obviamente no existe porque Dios no tiene emociones). Moisés pasó más de 40 años en frente de un pueblo que sólo le traía problemas y más problemas, incluso llegando al punto de que Dios mismo no le permitió entrar a la tierra prometida, sólo pudiendo verla desde la distancia.
En la porción de esta semana, Vaetjanán, Moisés suplica a Dios que lo deje entrar a la tierra prometida sin embargo, su petición es denegada rotundamente y Moisés no pierde el tiempo en comenzar a aconsejar al pueblo de Israel en todo lo que debían hacer una vez que entraran a la tierra de leche y miel.
Pero, ¿cómo Dios, pudo llegar a castigar a Moisés siendo que él fue el único que estuvo a la altura de las exigencias divinas por casi medio siglo?
Y ¿por qué Dios sí le dio el privilegio al pueblo de Israel de entrar siendo que fueron los causantes de montones de caídas espirituales?
¿Es acaso este Dios injusto?
Los sabios nos explican que Moisés no sufrió un castigo divino por no llegar al destino tan esperado de la tierra prometida, lo que ocurrió es que simplemente Moisés ya había llegado al destino al que Dios lo tenía dirigido.
Moisés Justo antes de entrar a la tierra prometida había alcanzado su máximo nivel de evolución y profecía, entrar a la tierra prometida no significaría una mayor iluminación de su alma, sino que al contrario, provocaría una descarga de alta tensión de luz que el pueblo de Israel que no estaba preparado para recibir, dado que estaban aún en un nivel espiritual mucho más bajo.
En nuestras vidas muchas veces nos fijamos metas, objetivos y nos desvivimos por buscar alcanzarlos de la manera que sea y en la forma que tozudamente lo imaginamos.
Aunque si bien fijarse metas y objetivos es bueno, lo que nunca debemos hacer es transformar dicho objetivo en un ídolo al cual buscar alcanzar sin siquiera pensar en lo que Dios realmente quiere para nosotros.
“Un hombre tiene una idea novedosa de un nuevo producto que al implementarlo hará que se transforme en uno de los empresarios más exitosos y millonario del año. Cómo el proyecto requiere un alto grado de inversión entonces busca a su mejor amigo para asociarse como inversionista del proyecto.
El producto sale al mercado y efectivamente se transforma en una gran novedad y comienza a lucrar lo esperado. Pasado un tiempo, su amigo se da cuenta de que la gran idea original podría potenciarse y abaratar costos al incorporar mejoras en el diseño y decide separarse de su amigo e implementar esta nueva versión mejorada por su propia cuenta.
Al poco tiempo el producto original perdió mercado y la versión mejorada acaparó toda la atención, se masificó a gente con menos recursos al ser más barato y llevó a su amigo al reconocimiento y a la riqueza.
La depresión y tristeza inundó al hombre porque su sueño, tal como lo había soñado, se había transformado en un rotundo fracaso.”
La historia anterior y la historia de Moisés tienen algo en común, pero un final diferente.
Nuestros sueños si los perseguimos y tenemos el mérito suficiente, podemos alcanzarlos aunque no siempre puede que los alcancemos tal y como lo tenemos planeado.
Si el hombre de la historia hubiera sido como Moisés quizás habría entendido que su sueño de crear un nuevo producto (el cual de hecho se cumplió) realmente era únicamente un trampolín para cumplir también el sueño de otra persona, su amigo.
La depresión y la tristeza del hombre hizo que el destino que él tenía en su cabeza se transformara en un ídolo, dejando de lado la verdad profunda de que Dios es perfecto y que todo lo que nos ocurre es igualmente perfecto.
El hombre no sabía que su propósito más importante era, por su mérito, bajar una idea luminosa desde Jojmá y Biná a este mundo de Maljut. Ya con eso él debería haberse sentido afortunado y agradecido. Más aún, también se le otorgó la dicha de implementar la idea y tener sustento de ella. Sin embargo, el hombre se deprimió porque quería que las cosas salieran tal y como él las había pensado, donde él era el héroe triunfante de la historia, y no como realmente Dios lo tenía destinado, que era que esa idea fuera potenciada y mejorada por otro para que así muchas más personas tuvieran acceso a ella.
Moisés nos enseña, a través de su historia, que realmente no debemos centrarnos tanto en el destino, sino que debemos engrandecer y agradecer todo durante el camino, ayudando a los demás también a alcanzar sus sueños, aunque no sean tus sueños, y a saber que cada segundo es un regalo lleno de propósito y lleno de perfección, aún si no es lo que esperabas.
Shabbat Shalom.
