BREVE REFLEXION (Tiempo de lectura: menos de 3 minutos)
En el tejido secreto de la Torá, nada está puesto al azar. Cada palabra, cada letra, cada número encierra una vibración que sostiene los mundos. En la transición entre Noaj y Lej Lejá, el relato bíblico revela un misterio cabalístico de proporciones cósmicas: el nacimiento de Abram como el canal del amor divino —la manifestación de Jesed, la primera expansión del Árbol de la Vida hacia el mundo inferior.
El Zóhar (Lej Lejá 78a–81b) enseña que la entrada de Abram en escena no fue un evento histórico, sino una corrección espiritual de magnitud universal. Hasta Noaj, la humanidad había vivido bajo el signo de la purificación y del juicio. El diluvio, una catástrofe física, pero espiritualmente la expresión de un universo desequilibrado donde Zeir Anpín (la fuerza masculina) no podía unirse con Maljut (la receptora femenina). El amor, en su sentido más puro, no podía todavía manifestarse, porque el mundo no había madurado el canal de Yesod —el fundamento que une cielo y tierra.
Pero en el cierre de la Parashá Noaj, una nueva vibración comienza a surgir. El versículo 11:27 declara:
“וְאֵ֨לֶּה֙ תּוֹלְדֹ֣ת תֶּ֔רַח תֶּ֚רַח הוֹלִ֣יד אֶת־אַבְרָ֔ם אֶת־נָח֖וֹר וְאֶת־הָרָ֑ן וְהָרָ֖ן הוֹלִ֥יד אֶת־לֽוֹט”
“Y estas son las generaciones de Téraj: Téraj engendró a Abram, a Najor y a Harán; y Harán engendró a Lot.”
A simple vista, este versículo solo introduce una genealogía. Sin embargo, en el nivel Sod (el secreto), las letras mismas revelan el código del amor divino. Si tomamos las palabras quinta, sexta, séptima y octava del versículo y reducimos su valor gemátrico al rango del Alef-Bet (de 1 a 9), obtenemos las letras Alef (א), Hei (ה), Bet (ב) y Hei (ה). Estas cuatro letras componen el vocablo אהבה – Ahavá, “Amor”.
El texto bíblico, entonces, no solo nos cuenta que Téraj engendró a Abram; nos está diciendo, en clave mística, que con el nacimiento de Abram nació el Amor mismo en el mundo. Abram encarna el principio de Jesed, la bondad expansiva, el primer movimiento de la Luz hacia la creación.
Pero en ese versículo el misterio va aún más lejos. Si observamos las tres palabras que conforman “Enjendró a Abrám” (הוֹלִ֣יד אֶת־אַבְרָ֔ם) y tomamos sus iniciales (Hei, Alef, Alef), obtenemos el nombre de Di-s número 26. Este nombre expresa el equilibrio perfecto entre las fuerzas masculinas y femeninas, entre la expansión y la contención, es el orden después del caos.
Ahora bien, ya en plena Parashá Lej Lejá nuevamente el Creador, en su lenguaje más secreto – el Sod – nos vuelve a mostrar que después del caos, el orden y el amor están por surgir, aunque también nos desafía con una advertencia.
“Grande fue el comienzo hacia el amor, también grandes tus enemigos.”
Estas palabras están escondidas en el corazón de esta porción, donde la historia de Abram —todavía sin la “hei” que lo convertiría en Abraham— se revela como el primer despertar del amor cósmico después del diluvio.
Las veces que se repite el nombre Abram (אַבְרָם) en esta Parashá es 43, número que corresponde también a las tres palabras más repetidas dentro de esta porción que tienen esta gematría: גדול (grande), החל (comienzo), לאהבה (para amar). Juntas forman la frase: “Grande fue el comienzo hacia el amor”. No es una casualidad: la vida de Abram representa el inicio de la maduración del intelecto de la compasión en el mundo, la transición desde un cosmos purificado por las aguas del diluvio hacia un espacio donde el amor puede tomar forma humana, tangible, terrenal.
Así lo demuestran Abram y Sarai, quienes son más que una pareja. Son almas gemelas, dos mitades de una misma esencia que descienden a este mundo para hacer posible la unión entre Zeir Anpin (la energía masculina, el canal de la luz) y Maljut (la energía femenina, la receptora de esa luz). Su encuentro es cósmico: el amor de Abram y Sarai es la alquimia que transforma la energía divina en vida, en historia, en humanidad. En ellos el Creador deposita el modelo del amor que construye los pilares para la maduración de todo el resto del árbol de la vida.
Pero así como la Torá nos revela que “Grande fue el comienzo hacia el amor”, el texto también nos advierte: “también grandes tus enemigos.” Porque todo nacimiento de amor verdadero despierta su contraparte: la resistencia, el ego, las fuerzas del caos que buscan romper la unión.
Esta frase se revela también obteniendo las tres palabras más repetidas dentro de la Parashá con gematría 43, pero esta vez utilizando los valores gemátricos de las letras zofit. Así, las tres palabras encontradas son גם (también), גדול (grande), איביך (tus enemigos).
¿A qué enemigo nos referimos?
Al faraón, que aparece por primera vez en esta Parashá.
Este personaje simboliza esa energía del dominio, del control, del deseo de poseer a Sarai. En cada uno de nosotros hay un pequeño faraón que intenta someter el amor a sus propios caprichos, que confunde amar con dominar, que teme la vulnerabilidad que el amor exige. El camino espiritual de Abram comienza precisamente allí: cuando es capaz de reconocer que el amor no puede florecer en un corazón esclavizado por el ego.
Así como Abram debió dejar su tierra y su casa para seguir su voz interior, también cada uno de nosotros está llamado a ir a su interior para revelar el amor, la divinidad y dones con los que fuimos dotados para corregirnos a nosotros y al mundo.
El ego se querrá encargar de hacernos olvidar quienes somos, olvidar nuestra verdadera esencia, olvidar que nuestros dones y cualidades se nos fueron entregados con el amor más profundo del Creador, y estamos llamados a reconocerlos. Abrám lo hizo, por eso la Torá lo declara como una persona rica (Lej Lejá 13: 2).
וְאַבְרָ֖ם כָּבֵ֣ד מְאֹ֑ד בַּמִּקְנֶ֕ה בַּכֶּ֖סֶף וּבַזָּהָֽב
Avram era muy rico, con ganado, plata y oro.
Al final, el mensaje oculto en Lej Lejá nos invita a recordar que el amor no es un destino, sino un viaje. Un viaje que comienza con una semilla, con el número 43 —la vibración del amor— y que se expande en espiral a través del tiempo, buscando encontrar nuestro verdadero «yo», que no está fuera sino en el interior de cada uno.
Que tengamos el mérito de reconocer ese amor en nosotros, de cuidarlo, de hacerlo madurar, y de seguir caminando, como Abram, hacia esa tierra interior donde el amor no tiene enemigos, solo expansión, propósito y luz.
Shabbat Shalom.
