BREVE REFLEXION (Tiempo de lectura: menos de 3 minutos)
El Soplo del Amor Primordial
Todos sabemos que la Parashá Bereshit (En el comienzo) habla de la creación del mundo y de la creación de la humanidad con Adán y Eva. De todos, solo unos pocos saben que esa historia no se trataba de un hombre y una mujer físicos, sino que del nacimiento del Alma primordial que contiene la fuerza del dar (expresada en Adán) y del recibir (expresada en Eva) en perfecta coexistencia y unidad.
Ahora bien, muchísimas menos personas saben que el instante preciso en que Dios sopló Su aliento divino en la nariz de Adán para otorgarle vida (esto está escrito en Bereshit 2:7), lo que en realidad ocurrió fue el acto de amor metafísico más hermoso que hubo entre Adán y Eva, provocando así la vida en la humanidad.
Pero ¿cómo? ¿Ese versículo no dice que fue Dios el que sopló la nariz de Adán? ¿En dónde aparece Eva en este pasuk?
Efectivamente si hacemos una lectura literal el versículo dice:
וַיִּ֩יצֶר֩ יְהֹוָ֨ה אֱלֹהִ֜ים אֶת־הָֽאָדָ֗ם עָפָר֙ מִן־הָ֣אֲדָמָ֔ה וַיִּפַּ֥ח בְּאַפָּ֖יו נִשְׁמַ֣ת חַיִּ֑ים וַיְהִ֥י הָֽאָדָ֖ם לְנֶ֥פֶשׁ חַיָּֽה
Dios formó al hombre del polvo del suelo, e impulsó en su nariz un aliento de vida. El hombre [de este modo] llegó a ser una criatura viviente. (Bereshit 2:7)
Sin embargo, si nos ponemos los lentes del Sod (Secreto), podremos notar una sutileza que revela el acto de amor más grande de la creación.
Existen dos notarikones (palabas que se forman por las primeras letras de otras palabras) que transforma de forma mágica la lectura del pasuk.
Se trata de las primeras letras de las palabras 6, 7 y 8 y las primeras letras de las palabras 12, 13 y 14 del versículo, tal como se puede ver en el siguiente cuadro.

El primer notarikon (de izquierda a derecha) forma la palabra עמה que se traduce como “con ella” y el segundo notarikon conforma la palabra חוה, que se traduce como “Eva”, la energía receptiva del Amor.
Esto no es sólo una coincidencia al azar, ya que al hacer los reemplazos de estas palabras se forma el texto:
וַיִּ֩יצֶר֩ יְהֹוָ֨ה אֱלֹהִ֜ים אֶת־הָֽאָדָ֗ם עִמָּ֖הּ וַיִּפַּ֥ח בְּאַפָּ֖יו נִשְׁמַ֣ת חַוָּה לְנֶ֥פֶשׁ חַיָּֽה
“Dios formó al hombre con ella, e impulsó en su nariz el aliento de Eva, [de este modo] llegó a ser una criatura viviente.”

Ese soplo no fue solo aire, fue el Eterno actuando con la energía femenina (Eva) para activar a la masculina (Adán), fue la expresión más pura de amor entre la fuerza que da y la que recibe, unidas antes incluso de manifestarse como dos.
El hombre primordial no vivió por el deseo intervencionista de Dios, sino que el Eterno provocó la primera copulación metafísica de amor puro e incondicional que permite que dos sean uno.
Así nació la Vida.
Allí el Amor —no el deseo— se convirtió en principio creador.
Por eso más tarde, tal como lo indica el versículo 20 del capítulo 3 de Bereshit, Adán llamó a su compañera Eva, “la que da vida”, pues reconoció que el soplo que lo animó no era otro que ella misma, el reflejo del Amor divino que habita en la unión perfecta de lo masculino y lo femenino.
Así, el primer latido humano fue una explosión pura de amor, una copulación impulsada por el Creador entre dos energías que se reconocieron una en la otra, y cuyo abrazo todavía sostiene la existencia.
Shabbat Shalom.
