Tiempo de lectura: 8 minutos – Kabbalah: Básico
La vida suele tornarse tan monótona; despertar, comer, trabajar (en cualquiera de sus formas como estudio, trabajo remunerado, trabajo en casa, etc.), comer, volver a trabajar, volver a comer y finalmente dormir. Pareciera que la humanidad estuviera condenada a este ciclo el cual, con mayores o menores variaciones, pareciera ser el común denominador en la vida de las personas.
Lo cierto es que la naturaleza misma está gobernada por ciclos, sólo por mencionar algunos tenemos: el ciclo del agua, de las estaciones, ciclo lunar, ciclo solar, menstrual, del sueño, de las mareas, de la polinización y un largo etc. Por lo tanto, podríamos pensar que esta monotonía de la vida humana es también un ciclo más al que debemos rendirnos irremediablemente.
Sin ir más lejos, hoy iniciamos un nuevo ciclo de estudio de la Torá con la parashá Bereshit, que se traduce como “en el comienzo”, aludiendo irónicamente a esta idea de volver a un punto inicial y recorrer los mimos caminos ya tantas veces recorridos.
Sin embargo, esta misma parashá nos revela algo que podría ayudarnos a cambiar esta visión plana de la vida.
La Parashá de Bereshit (en el comienzo) hace referencia a los ciclos a través de varios elementos; la creación del mundo en un ciclo de siete días, los ciclos de renovación espiritual (teshuvá) que comienzan a desarrollarse a partir de lo que se conoce como el pecado original y finalmente la narrativa de las generaciones desde Adán hasta Noé, mostrando cómo la vida humana se desarrolla en ciclos desde el nacimiento hasta la muerte.
Estos tres elementos, que podemos resumir en creación, renovación y evolución, son en realidad un único gran ciclo, que visto a través de los ojos del misticismo de la kabbalah, nos permitirán ver que nosotros, como seres humanos, somos la única especie capaz de romper con lo plano de nuestra vida.
Los sabios nos enseñaron que el objetivo de la humanidad es transmutar el deseo de recibir para uno mismo a un deseo de compartir incondicionalmente, por lo tanto, el “deseo” es fundamental para alcanzar este objetivo.
Así entonces, los días de la creación que nos cuenta la Torá son el reflejo del desarrollo de los niveles del deseo, desde el más sutil hasta el más refinado y complejo, que debemos aprender a transmutar. En el tercer día de la creación fue creado el reino mineral que posee un nivel sutil e imperceptible de deseo, que se limita únicamente a existir. Posteriormente, durante el mismo día, fue creado el reino vegetal, un reino con un nivel más elaborado de deseo, como el deseo de luz y agua para crecer. Fue a partir del quinto día que fue creado el reino animal, tanto marino, terrestre y aéreo. Este reino sin duda tiene deseos más elaborados como el deseo de reproducción, de alimentación, sobrevivencia, de respeto dentro de su manada o grupo. Todos deseos que podemos llamar egoístas ya que sólo están en post de su propio bienestar.
Finalmente, en el último día fuimos creados nosotros, el reino hablante, que heredamos todos los deseos anteriores pero que, además, fuimos dotados con un último grado de deseo, el cual no tiene ninguna otra especie en este mundo. El humano, el Adán del que nos habla la Torá, es la creación que alcanza el deseo más refinado y complejo de todos, el deseo por la espiritualidad, el deseo de reconectar con Di-s a través de transmutar nuestra esencia egoísta de desear recibir para uno mismo a desear recibir para compartir con los demás, en definitiva, de ser como Di-s.
Respecto al segundo elemento, que denominamos renovación, nos enseñan los sabios que es el relato de la caída de Adán y Eva, el pecado original como suele llamarse, el elemento que habilita la posibilidad de alcanzar el cumplimiento del deseo por la espiritualidad. El pecado original provoca el ocultamiento de la luz de Di-s y por lo tanto no tener algo implica querer desearlo. Así entonces, la humanidad danza en este ir y venir de caerse y volver a levantarse una y otra vez buscando inconscientemente revelar la luz que fue ocultada.
Finalmente, lo que nos cuenta la Torá acerca de las generaciones entre Adán y Noé no es más que la referencia a que, alcanzar este objetivo de desear para compartir incondicionalmente, es un viaje que nos tomará muchas vidas, muchas vidas que se transforman en un viaje para evolucionar nuestra alma y revelar nuevamente a Di-s.
En definitiva, si releemos lo anterior nos podremos dar cuenta de la diferencia entre el ciclo que viven los reinos más bajos versus nuestro reino humano. El árbol siempre vuelve al mismo comienzo, siempre espera la próxima primavera para dar sus frutos, las aves siempre migran al comenzar el invierno, ni antes ni después. En cambio, los humanos estamos inmersos en un espiral evolutivo donde vamos desarrollando nuestro potencial a través de corregir la conciencia del deseo, de una conciencia egoísta a una altruista como la de Di-s.
Este espiral va tanto en ascenso como en descenso, a veces tenemos que caer para poder dar un salto aún más alto. Este es el secreto de la serpiente que nos cuenta esta Parashá. La serpiente no es más que un código para enseñarnos que es a través de los desafíos que podemos romper con lo plano de la vida, la serpiente (najash en hebreo) es el portador del veneno que nos puede matar o salvar si nos lo inoculamos como antídoto.
La serpiente es la portadora de la conciencia egoísta que adquirimos en lo que se conoció como el pecado original, pero tenemos el potencial de transmutar ese egoísmo en altruismo, de hecho, si reordenamos las letras de la palabra najash se obtiene la palabra mesías (meshiaj), ese mismo mesías que hace pocos días atrás buscamos revelar en la apertura cósmica de Sucot.
Hoy, al comenzar nuevamente a estudiar la Torá desde el comienzo, tenemos el deber de preguntarnos ¿soy el mismo/a que el año anterior? ¿en dónde estoy parado hoy respecto a ayer, la semana, el mes o el año pasado?
La vida es mucho más que levantarse, comer, trabajar y dormir, la vida es el viaje del guerrero espiritual que hoy (como cada día) vuelve a nacer, buscando siempre estar un peldaño más alto, más cerca de la luz, de la divinidad, de esa fuerza inagotable, infinita y arrebatadora que es el amor a la que la mayoría de las personas llama Dios.
Que todos tengamos el mérito de mirar hacia atrás cada día desde un lugar más elevado, que podamos entender que “el comienzo” no es comenzar en un mismo nivel, sino que significa renacer con una conciencia más elevada, altruista y amorosa, y así por fin volver a ser Uno con el Todo.
Shabbat Shalom
