Cuando la queja hace que no cumplas tu propósito.
Algo extravagante el título de esta reflexión, porque ¿qué tiene que ver el quejarse con no cumplir nuestro propósito en el mundo?, intentaré explicar este raro principio kabbalista.
Los kabbalistas explican que nuestra alma unificada ya no quería recibir gratis todo lo que el Creador le otorgaba, a cambio quería ella misma, a través de su esfuerzo, ganarse la luz con el fin de compartirla tal cual lo hace Dios. Es decir, para ser semejantes al Creador y alcanzar la unión con El, requerimos “aprender” a compartir y para eso la vasija (nosotros mismos) pedimos al Creador un escenario propicio para ganarnos esa luz (y Dios se ocultó). De aquí se deriva nuestro propósito que es recibir la luz y compartirla a través de nuestro propio mérito.
Pero ¿Y la queja?
Usualmente nos quejamos cuando sentimos una falta de apreciación, cuando lo hacemos desde una posición de juicio, o simplemente cuando no estamos felices. Nos quejamos cuando no estamos satisfechos. Queremos que el mundo (al menos nuestro mundo más cercano) sepa que no nos gusta lo que está ocurriendo con algo o con alguien.
Si nos tomamos un momento y hacemos una lista de nuestras 5 quejas más frecuentes podríamos ver;
¿Cuántas de esas quejas son sobre cosas que tenemos el poder de cambiar nosotros mismos?, pero por las que no queremos hacer el esfuerzo.
¿Cuántas de esas quejas son sobre personas que envió el universo para mostrarnos que podemos cambiar algo de nosotros?
¿Cuántas de esas quejas son simplemente el resultado de ver el vaso medio vacío?
No se trata solo de un mal momento, la Kabbalah explica que quejarse es un síntoma de una condición más seria: es no tener el deseo de hacer el trabajo necesario para alcanzar la plenitud. La verdad es que nos quejamos cuando queremos algo gratis, cuando creemos que merecemos algo, cuando no estamos felices con lo que ya tenemos.
En definitiva, la queja es un mero pretexto para no hacer nuestro trabajo espiritual y cuando digo espiritual no tiene nada que ver con flotar en meditaciones. El trabajo espiritual es ser motor de nuestro propio cambio y acercamiento a la mejor versión de nosotros mismos en lo cotidiano de cada cosa a la que nos enfrentamos en este mundo.
Si has estado sufriendo por años por el mal trabajo que tienes o por el jefe que tienes, entonces:
¿has buscado un trabajo nuevo?, ¿has hablado con tu jefe?, ¿has buscado superar tus miedos si es que eso te ata a tu actual trabajo? O solo te quejas?
Si te llevas mal con alguien, entonces:
¿Has hablado con esa persona que te hace la vida imposible?, o ¿te esfuerzas día a día por ver las cientos de virtudes y cosas positivas que tiene esa persona con el fin de contrarrestar ese sentimiento que te separa de ella? O solo te quejas?
Si algo te afecta de otro o de algo, ¿te has preguntado realmente de quién es el problema?, ¿del que lo origina o del que se siente afectado?. Pareciera que lo lógico indica que el problema es del que se siente afectado, entonces si nos afecta ¿qué debo hacer para que no me afecte?, ¿quejarme?.
Al final del día, las muchas cosas de las cuales me quejo son el puro reflejo de mis propias limitaciones. Y si me quedo en la queja, entonces estoy manteniéndome en esas limitaciones y con ello reniego de lo que yo mismo le pedí al Creador, darme un lugar donde, por mis propios méritos, alcance mi máximo potencial espiritual, de luz y del deseo de compartir esa luz.
El pueblo de Israel después de siglos de esclavitud fue liberado por Moisés, según cuenta la Biblia. Sin embargo, leyendo detenidamente, veremos que durante su huida por el desierto el pueblo se comenzó a quejar y muchos de ellos querían volver a Egipto a ser esclavos. ¡Queremos la poca y mala comida que nos da el Faraón, al menos así no moriremos!, proclamaban varios.
No nos gusta ser responsables. Ser responsable requiere de esfuerzo. El victimismo es como un pegamento muy potente. Es difícil retirarlo una vez que se seca y queda adherido a uno.
Este es el significado espiritual detrás de las quejas de los Israelitas y su deseo de regresar a Egipto. Era mucho más fácil para los Israelitas ser esclavos y víctimas y culpar a los Egipcios de todo que tomar al toro por las astas.
Pero ojo!…El antídoto no es dejar de quejarse y ya! es algo un poco más profundo.
Decir ¡ya no me quejo mas! No es la solución. Parar de quejarme, solo por la voluntad de hacerlo, traerá a nuestras vidas frustración, tristeza, depresión y angustia.
La verdadera solución es ser honestos con nosotros mismos en cada cosa que hacemos y movernos al lugar en el que queremos estar, en esforzarnos en ver siempre las virtudes de los demás, ver cada cosa con amor, misericordia, humildad y fe. El fruto de todo el trabajo anterior hará que la queja desaparezca de nuestras vidas para siempre, reluciendo así tu verdadero yo, un reflejo puro del mismo Dios que nos creó.
Que Dios nos de la voluntad para erradicar la queja de nuestras vidas y dar la bienvenida a nuestro verdadero y luminoso yo!.
Shabbat Shalom
