Si bien la fiesta de Janucá nos conecta con la energía de milagros, también nos conecta con otra fuerza subyacente que se manifiesta previo a la materialización de ellos; me refiero a la energía de la liberación de la idolatría.
En Janucá el pueblo de Israel venció la idolatría helénica de forma milagrosa. Un ejército poderoso y numeroso contra un grupo minúsculo de personas, muchos sin preparación alguna para la batalla.
Y cuando hablamos de idolatría ineludiblemente conectamos con el evento, por excelencia, más extremo de idolatría dentro del pueblo de Israel; el becerro de oro.
La conexión cabalística entre Janucá y el becerro de oro está en el contraste entre idolatría y purificación: el becerro representa la caída en la oscuridad y la confusión espiritual, mientras que Janucá simboliza la restauración de la luz y la dedicación al servicio divino. Comentarios del Arizal (Rabí Itzjak Luria) señalan que ambos episodios revelan la lucha contra la idolatría y la necesidad de redimir las “chispas” de santidad que quedaron atrapadas en la impureza.
Cabalísticamente, Janucá es visto como una “rectificación” de la caída del becerro: redimir la desconexión del pasado para volver a encender la Menorá como símbolo de fidelidad a Di-s.
Lo anterior lo corroboramos gracias a la gematría de la palabra Janucá (חנוכה) cuyo valor es 89, misma gematría que la de la palabra “redimir” (פדה).
Más profundo aún, de estos dos eventos históricos aprendemos que, aquello que llamamos milagros, no es más que la intervención divina producto de la conciencia, deseo y emuná con que las personas se conducen. Así como el milagro de Janucá se produjo gracias a la decisión de unos pocos con el deseo profundo de acabar con la idolatría de los griegos, así también el becerro de oro se formó milagrosamente solo, por la decisión y deseos bajos de otros tantos. Ambos fueron milagros, ambas intervenciones divinas, pero gatillados por niveles de conciencia totalmente diferentes. Uno buscando la unicidad con el Creador, el otro rindiéndose a la duda, el miedo y la desconexión con la fuente única de luz infinita.
Aprendemos de esto que el Eterno nos lleva a través de los caminos por los que queramos conducirnos; que los milagros están disponibles para elevarnos o también para llevarnos a evolucionar a través del juicio.
La idea anterior la podemos ver confirmada gracias a la misma palabra Janucá (חנוכה). Si calculamos el Milui Yud de la palabra Janucá obtenemos lo siguiente:
| Letras | ה | כ | ו | נ | ח |
| Milui Yud | הי | כף | ויו | נון | חית |
Y si de este Milui extraemos la parte Sod (todo menos la primera letra), obtenemos:
| Parte Sod | י | ף | יו | ון | ית |
La suma gemátrica de esta parte Sod es 572.
A partir de esta cifra llegamos a una nueva palabra que comparte el mismo valor numérico; la palabra “En la entrada de” (בשער). Esta palabra es utilizada en la Torá justamente en la porción Ki Tisá del libro Shemot, exactamente en el evento del becerro de oro. Dice el versículo 26 del capítulo 32:
וַיַּֽעֲמֹ֤ד משֶׁה֙ בְּשַׁ֣עַר הַמַּֽחֲנֶ֔ה וַיֹּ֕אמֶר מִ֥י לַֽיהֹוָ֖ה אֵלָ֑י וַיֵּאָֽסְפ֥וּ אֵלָ֖יו כָּל־בְּנֵ֥י לֵוִֽי
Moshé se paró en la entrada del campamento y anunció: “¡Quien esté por Dios, que se me una!”. Todos los levitas se congregaron en torno a él.
En la tradición de la Kabbalah, “estar parado a la entrada del campamento” simboliza un estado liminal: el umbral entre lo profano y lo sagrado, entre lo interno y lo externo. Es el lugar donde se decide si uno ingresa a la santidad o queda fuera, y por eso representa tanto juicio como posibilidad de transformación.
Así, estar en la entrada del campamento implica situarse en el límite donde se vigila la pureza: lo que entra o sale del cuerpo, por nuestros oídos y nuestra boca. En el mismo Zóhar se enseña que si en ese umbral se introduce impureza (pensamientos impuros), la Shejiná (Presencia Divina) se retira. En cambio, si se guarda santidad, la Shejiná permanece.
Acá llegamos a la cúspide de la enseñanza y de la magia, la palabra “en la entrada de” (בשער), al reordenar sus letras, revela dos nuevas palabras que confirman todo lo dicho anteriormente:
בעשר → “en riqueza” o “con abundancia”. Proviene de la raíz ע־ש־ר (ashar), que significa riqueza o prosperidad.
Y por otro lado;
ברשע → “en maldad” o “con perversidad”. Proviene de la raíz ר־ש־ע (rasha), que significa malvado o perverso.
La enseñanza es clara, el becerro de oro mostró cómo la idolatría nace de una conciencia perversa, mientras que Janucá revela la abundancia de luz durante los 8 días de escases del aceite. En ambos eventos hubo milagros, pero de distinta raíz: uno desde la desconexión, otro desde la conciencia elevada.
En conclusión, la gematría nos enseñó a que חנוכה (Janucá) comparte valor con la palabra פדה (redimir), y que en su milui se esconde la palabra בשער (en la entrada de). Esto nos sitúa en el umbral: allí donde cada día decidimos qué dejamos entrar en nuestro “campamento interior”. En ese umbral se revelan dos caminos: בעשר (en abundancia) o ברשע (en maldad). La elección es nuestra.
Si elegimos abrir la entrada de nuestro ser a la abundancia, el milagro de la luz de Janucá se enciende en nosotros y nos guía hacia la plenitud. Si dejamos entrar la perversidad, repetimos la caída del becerro de oro.
Hoy, cada uno de nosotros está parado “a la entrada del campamento”. La invitación de Moshé sigue vigente: “Quien esté por Dios, que se me una”. Janucá nos llama a unirnos a la luz, a redimir las chispas atrapadas en la oscuridad y a transformar nuestra vida en un espacio de dedicación y fidelidad. Así, la festividad deja de ser un recuerdo histórico y se convierte en una práctica viva: encender la llama interior que ilumina nuestro hogar, nuestra comunidad y nuestro mundo.
Janucá Sameaj
