La gran trampa de juzgar a los demás.
Juzgar a otros, teniendo o no la información suficiente, siempre será un error. Primero, porque nadie es quien para hacerlo y segundo, porque tal y como suele suceder, seguramente nos equivocamos.
Todos hemos caído alguna vez en la terrible trampa de juzgar a los demás. Cada vez que emitimos un juicio sobre alguien, nos convertimos en personas que crean una o varias historias que pueden ser muy lejanas a la realidad.
Piensa en esa madre que siempre lleva tarde a su hijo al colegio. Quizás empieces a juzgarla como una mala madre o una vaga a la que le gusta mucho la cama. Incluso como una desordenada que no sabe organizar sus tiempos y sus quehaceres. ¿Te has parado a pensar en si todo eso es verdad?.
Les contaré brevemente dos situaciones que me pasaron hace muy poco, la semana pasada:
Una mañana estaba en la sala café que tenemos aquí en mi trabajo. Preparaba mi café cuando entró una de las señoras del aseo.
–Buenos días Sr John, me dice.
–Buenos días Sra Ndala.
El piso estaba sucio. Alguien había derramado un poco de café y había mucha loza sucia en el lavaplatos. Sin embargo, ella se sentó en un rincón.
Yo no dije nada, por supuesto. Pero pensé:
“Cuanta flojera. Los angolanos son todos así, medio flojos. Por eso que este país no prospera.”
En ese momento ella me habla. Increíblemente casi como adivinando lo que yo estaba pensando. Me dice:
–No vaya a creer que soy floja. Estoy un poco cansada. Usted sabe cómo es aquí y todo se nos hace difícil a los angolanos. Imagínese, yo me levanto a las 4 de la mañana todos los dias. Tiene que ser así porque tengo que salir a buscar agua y luego dejar algo de comer a mis hijos. Vivo lejos, muy lejos. Entonces para llegar aquí tengo que caminar casi 45 minutos por un camino de tierra, oscuro porque aún es de noche, hasta el lugar donde pasan las candongas (así le llaman al transporte aquí, que es un furgón utilitario). Tengo que combinar 3 candongas diferentes para llegar a la esquina donde nos espera la Van que pone la empresa para traer a los funcionarios. Afortunadamente nunca falto y siempre estoy a la hora.
Escucharla me hizo sentir mucha vergüenza de mi mismo.
La segunda historia:
La semana pasada, lunes, martes y miércoles, mi empleada llegó a trabajar al departamento mucho más tarde. Su hora de llegada es a las 8:00am pero esos días llegó cerca de las 10:00.
El miércoles le pregunté:
–Qué pasa Angela? Usted sabe que tiene que llegar a las 8:00. Tiene que cuidar su trabajo y bla bla bla.
Le di un pequeño sermón.
Ella me responde:
–Disculpe Sr John. Lo que pasa es que no me gusta venir sucia y con mal olor. En mi barrio, como en muchos barrios de Angola, no tenemos agua en la casa. Entonces yo salgo todas las mañanas, a algunas cuadras de mi casa está un grifo donde nos lavamos. Lamentablemente el grifo está con poca presión y demora en salir agua, entonces se junta mucha gente y tengo que esperar. Ya lo van a reparar en estos días y podré llegar a la hora.
–No se preocupe Angela, yo entiendo.
Mi ridículo sermón perdió todo valor. La lección me la dio ella a mí.
Ambas mujeres me enseñaron, sacándome de esa posición donde yo absurdamente creí tener el derecho de decirles que deben hacer o cómo deben llevar su vida.
Las personas son rápidas para juzgar a los demás, pero lentas para corregirse a sí mismas.
Muchas veces lo que juzgas o criticas de otro, es algo que en realidad tu mismo debes corregir en ti, no en el otro.
Muchas veces, sin darte cuenta, estás suponiendo lo que puede estar pasando en la vida de esa otra persona. Estás cayendo en la trampa de completar la información que desconoces con una historia inventada por ti… creyendo que cualquier argumento es una mera “excusa”.
Te estás equivocando y no eres consciente de ello.
Yo creo que la culpa la tiene nuestro ego.
La razón por la que juzgamos de esta manera, apuntando con el dedo al otro, la tiene nuestro propio ego. De forma consciente o inconsciente, creemos sentirnos mejores que los demás o manifestar nuestro rechazo ante una determinada actitud. Al juzgar, estamos cerrándole las puertas a la empatía.
Parece ser que necesitamos notarnos superiores, especiales, distintos. Preferimos observar con distancia a esa persona que creemos que no está actuando bien. Y la apuntamos con el dedo. La sometemos a escrutinio. Esa es la trampa del ego y, de alguna forma, hace que nos sintamos mejor con nosotros mismos.
Además, piensa que aún si estuvieras en lo cierto y la otra persona está actuando “mal” bajo tu percepción, en realidad… ¿quién eres para recriminarla? No sabes lo que le ha ocurrido en su pasado! Todos estamos en diferentes fases de nuestra vida y mi punto de partida no es el tuyo.
Juzgar a una persona no define quién es ella, define quién eres tú.
